Tres veces Silvio

Tres ocasiones para presenciar la música de Silvio Rodríguez en vivo, Argentina, Bolivia y Estados Unidos, cada una de ellas marcada por diferentes etapas de reflexión y contextos sociales. En este texto acompañamos a Edson Hurtado a volar con el alma de niño y corazón de papel, de la mano de Silvio, quien parece que nunca dejará de sonar en los corazoles de su gente.

La primera vez que escuché cantar a Silvio Rodríguez se me rompió el alma, la segunda entendí algunos misterios de la vida y la tercera, cuando lo vi en vivo y directo, aprendí a volar con alas de niño y corazón de papel. Este es mi descargo. 

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La facilidad del cantautor al hacer hablar su guitarra, la armonía de las almas de quienes lo escuchan, el amor que irradia frente a su público fiel./ Fotografía: Archivo wikimedia.

Por azares de la vida, el destino me llevó a la idílica ciudad de Rosario, en Argentina, en donde permanecí varios meses tratando de encontrar respuestas a preguntas siempre mal formuladas. Corría el año 2012 y yo pasaba muchas tardes en el malecón del río Paraná, respirando el aire del sur, descubriendo nuevas maneras de estar solo y de añorar ciertas cosas imposibles. 

Esos espacios esenciales —acompañados de amigos imperecederos—, se convirtieron en la fórmula perfecta para enfrentar los avatares de la vida que en ese momento atacaban sin piedad. Una de las razones por las que viajé en aquella ocasión, aunque no la más importante, era ver al gran trovador cubano en un concierto que ofrecería ese verano en la ciudad portuaria que alberga el “Monumento nacional a la bandera de Argentina”. Fue, a decir del tiempo ya transcurrido, un evento demasiado importante en mi vida, y que ha quedado guardado en los espacios níveos de mi memoria. El concierto se realizó en el hipódromo del Parque Independencia, una infraestructura capaz de recibir a los miles que fuimos a suspirar al unísono y a corear los poemas que les dieron vida a nuestros sueños más íntimos.

Quizás fue la acumulación de esos sentimientos individuales que transmutaron en una energía colectiva y que nos unió a todos, por un par de horas, alrededor de las melodías y los acordes de esa banda espectacular que acompañaba al trovador mayor. Lo que me hizo derramar algunas lágrimas mientras escuchaba “Gaviota” y sentía en el pecho un crujido indescriptible. Ese fue, si es que se puede definir así, un momento decisivo en mi vida.

Ahora bien, tiempo después, para el año 2013, cuando estaba en Argentina, sin saberlo, en mi Bolivia natal, en Santa Cruz de la Sierra, se organizaba un concierto gratuito y multitudinario en el Estadio Tahuichi Aguilera. Me tomó por sorpresa, pero fue mi corazón, ya conquistado por la trova cubana y latinoamericana, el que se alegró más. El entonces Ministerio de Culturas y Turismo, a la cabeza del ex ministro Pablo Groux, se encargó de la logística y la promoción del evento que fue, hay que recordarlo, de carácter gratuito y abierto para toda la ciudadanía. Muchos viajaron desde otros departamentos para presenciar ese histórico acontecimiento en el que escucharían a Silvio después de treinta años de haberse presentado por primera vez en Bolivia.

Dentro de ese pequeño círculo en el que me movía por entonces, el entusiasmo y los preparativos se multiplicaban y se esparcían entre colectivos de artistas, músicos sobre todo, gestores culturales, instituciones y fanáticos destacados. Ellos organizaban toda clase de eventos paralelos, mientras se disponían a recibir visitas de amigos, familiares y conocidos en sus casas o en alojamientos cercanos al estadio principal de la ciudad.

Recuerdo que fue una tarde cálida con mis amigos más cercanos y más queridos. No fue al azar. Quienes compartimos noches de bohemia, programas de radio y producciones musicales por tantos años no podíamos hacer menos que ir juntos a embriagarnos de música; intoxicarnos de poesía; revivir ciertas utopías, ciertos sueños, ciertas esperanzas.

Asumo que eso nos sirvió para, más adelante, enfrentar otros retos más importantes, aunque menos agradables. Cantamos, reímos, lloramos y terminamos el concierto agradeciendo la posibilidad de esa comunión, la perspectiva de ese momento y la impronta siempre necesaria para seguir batallando.

Muchos años después, nadie podría haber previsto que en la víspera del aniversario número dieciséis del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, cierto tipo de magia, de gaviotas y unicornios utópicos, inundarían un lugar tan emblemático como el Parque Central de Manhattan.

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Nadie es ajeno a la voz de Silvio, su voz y su guitarra se distingue entre los demás artistas, pues él es ese ángel que se cruzó en la vida de muchos, ese angel para un final. / Fotografía: Archivo wikimedia.

Caía la noche de ese otoño apresurado y la guitarra del mítico Silvio Rodríguez otra vez comenzó a disparar sus melodías a los asistentes que, corazón en mano, nos habíamos reunido en una especie de rito íntimo y melancólico. El septuagenario trovador, intacto y decidido, subió al escenario y de inmediato conquistó al público que al verlo estalló en aplausos y ovaciones. Se trataba, pues, de la presencia casi increíble de uno de los representantes más conocidos de la trova latinoamericana, un ícono de la música popular en español, que siete años después volvía a la gran manzana para participar en el Summer Stage, uno de los festivales de verano más conocidos de la ciudad.

El cantautor, principal creador de la banda sonora de la Revolución Cubana, comenzó su show con un par de canciones de su último disco: Amoríos (2015) y luego hizo un recorrido por varias etapas de su carrera musical. Interpretó clásicos como “Unicornio”, “Ojalá”, “La gota de rocío”, “La maza”, “Quién fuera” y “El necio”, que, entre otras canciones, pintaron un abanico completo de su evolución poética y musical a lo largo de casi cincuenta años de carrera musical.

La noche nos abrazaba y Silvio, impulsor de la Nueva Trova Cubana, nos envolvía con sus versos certeros, su guitarra inolvidable y sus melodías únicas que ya forman parte de la memoria colectiva del continente americano. Me considero un afortunado por haber presenciado ese espectáculo tres veces (no consecutivas). Silvio Rodríguez es combustible para los soñadores que construyen su utopía, ya sea esta colectiva o individual, es el sonido de la esperanza. Sigue siéndolo. 

Esa noche Silvio estuvo acompañado de Rachid López (guitarra), Maykel Elizarde (tres), Niurka González (flauta y clarinete), Jorge Aragón (piano), Jorge Reyes (contrabajo), Oliver Valdés (batería y percusión) y Emilio Vega (vibráfono y percusión). Tal y como sucedieron las anteriores veces que lo vi, con esa formación de músicos versátiles, interpretó sus canciones con unos impecables arreglos muy cercanos al jazz, con tempos distintos que a momentos me despistaron, con armonías nuevas que coloreaban sus composiciones e incluso con un par de disonantes que, a mi juicio, lograron un efecto renovador en sus canciones, muchas de ellas escritas antes que yo naciera. Era Silvio reinterpretándose a sí mismo, encontrando nuevas maneras de transmitir su mensaje, de volver a encantar a sus seguidores y a él mismo, de conquistar a los más jóvenes, de embelesar a sus fanáticos.

Supongo que el concierto se realizó el 10 de septiembre por pura casualidad. Al día siguiente se cumplieron dieciséis años desde los ataques terroristas que derribaron las Torres Gemelas, y se realizó un acto presidido por el mismísimo Donald Trump, entonces presidente de los Estados Unidos. Mientras las tenues estrellas que apenas se distinguían iluminaban Manhattan, y decenas de aviones pasaban por sobre nuestras cabezas, Silvió entonó los emblemáticos y simbólicos versos de su canción “Cita con ángeles”: “Y el mismo ángel que allá en Chile vio bombardear al presidente, ve las dos torres con sus miles cayendo inolvidablemente”. 

Y eso fue inolvidable.

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