EL ESPEJO HUMEANTE. Un boliviano leyendo a J.M. Coetzee

Los personajes que retrata J.M. Coetzee en sus libros siempre están en busca de la redención, de librarse de sus cadenas, pues el apartheid fue una de las medidas que tomó la República de Sudáfrica para separar a sus habitantes por su color de piel. Arturo Alarcón también hace un paralelismo de una Sudáfrica retratada por Coetzee y una Bolivia dividida.

John Maxwell Coetzee (1940. Ciudad del Cabo, Sudáfrica(1)) es una referencia de las letras en inglés desde hace más de cuarenta años. Ganador del premio Nobel de literatura en 2003, este sudafricano que recientemente ha obtenido la nacionalidad australiana por matrimonio ha logrado plasmar el espíritu de su país, nacido con una herida profunda y maldita: el apartheid. Afrikáner, por ende “blanco”, desciende de migrantes neerlandeses, alemanes y franceses (el apellido Coetzee es, a lo afrikáans, lo que el apellido Mamani es a lo quechua-aimara).  J.M. Coetzee, que es como firma, ha señalado claramente qué clase de literatura se puede esperar de un hombre como él, nacido en un país como el del que viene: “La literatura sudafricana es una literatura en cautiverio. Es una literatura menos que plenamente humana. Es exactamente el tipo de literatura que esperarías que la gente escribiera desde la cárcel…”.

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Fotografía: archivo.

Tres de sus más renombradas obras (Dusklands/Tierras de Poniente(2), Disgrace/Desgracia(3) y Waiting for the Barbarians/Esperando a los Bárbaros(4)), pasaron por mis manos y me abrieron el paisaje de un mundo dolido y atormentado por el éxito provisional de un modelo injusto. La culpa y el daño psicosocial que esto conlleva tanto en el verdugo como en la víctima y la profecía ominosa, que es sombra eterna: quien a hierro mata, a hierro muere. Quien a sabiendas disfruta de las consecuencias del sufrimiento ajeno y no hace nada, tarde o temprano lo pagará. Bienvenidos al espejo humeante, al reflejo con similitudes y diferencias entre dos sociedades, dos mundos distantes geográficamente, pero cercanos en su brutal injusticia. Bienvenidos a la obra de J.M. Coetzee desde los ojos de un boliviano.

  1. Dusklands/Tierra de Poniente. El primer impacto.

Un título peculiar en español; Dusklands se traduciría como “Tierras Oscuras”, quizá haciendo referencia a la inexistencia de luz que sigue a la puesta del sol en poniente. Pero la “oscuridad”, ese espacio donde el frío y la incertidumbre reinan, es la médula de la obra de Coetzee. Tierras de Poniente se divide en dos historias disímiles como sus protagonistas, pero similares en un único trasfondo que se repite, como mínimo, en las obras ya mencionadas: la culpa heredada de la colonización y disfrutar del paraíso sobre una montaña de huesos humanos.

Por un lado, un psicólogo de Inteligencia norteamericano encargado de clasificar y censurar las atrocidades efectuadas por su ejército durante la guerra de Vietnam. Por el otro, un pionero Bóer (entiéndase afrikáner) que es traicionado por una tribu de nativos durante su viaje de exploración y retorna para cobrar su sangrienta venganza. Esos son los dos personajes de las historias que componen Tierras de Poniente, dos colonizadores con diferencia de tiempo y espacio, así como de circunstancias, pero que portan ambos el ominoso espíritu de destrucción de occidente: tomar, abusar, destruir, violar, forzar a las y los “otros”, a aquellos que no veo como iguales, que deben, a como dé lugar, ver como menos. Deshumanizarlos, cosificarlos a pesar de que demuestran con defectos y virtudes, con acciones nobles y mezquinas su no solo similitud, sino, sobre todo, identidad perfecta con el “colonizador”. Los prejuicios de la modernidad europea hacen a la estructura de esa mirada. Coetzee usa un lenguaje claro y directo sin ser realismo sucio; es el lenguaje sólido de la oscura reflexión del heredero de la vergüenza que día a día le recuerda “tu cielo está construido sobre un infierno de millones…”, es la literatura de la era postapartheid, de las letras de la nación del “arcoíris” de un Nelson Mandela pintado “santo” por Hollywood, de una Sudáfrica que no ha llegado a construirse así porque hay mucho aún por reconciliar.

En ambos casos los protagonistas viven un periplo psicoemocional contundente. El lector encontrará similitudes en sus sentires, en las consecuencias en sus almas a pesar de que estos tienen finales “distintos” en lo externo, más idénticos en lo interno. Citando a Truman Capote respecto a por qué escribió con tal pasión su monumental obra “A Sangre Fría”, este exclamó respecto a uno de los asesinos que le inspiraron: “Es como que ambos hayamos sido criados en la misma casa, pero él salió por la puerta de atrás, yo por la de enfrente…”,  lo mismo sucede con nuestros personajes en Tierras de Poniente, ambos salen por puertas diferentes de los limbos transitados, sus destinos son contrapuestos, pero, como eje común, queda en el centro de sus corazones el tumor maligno del daño infringido a otras y otros. Un conjunto de tejidos alocados que destruyen al organismo poco a poco y, peor aún, generación tras generación.

Tierras de Poniente fue la primera obra de Coetzee que leí y su dura sinceridad aún hace huella en mí como referencia al momento de transmitir lo más crudo de la existencia humana.

  1. Disgrace/Desgracia. Rompiendo el velo.

Quizá la novela más conocida o más mediáticamente rentable de la carrera de Coetzee. Fue adaptada al cine el 2008 por el director Steve Jacobs y con el inigualable John Malkovich a cargo del personaje principal. ¿Quién sino Malkovich para representar a un hombre maduro de clase media con sus vicios, virtudes y silenciosos tormentos? Desgracia no tiene el sabor de pasado, de historia maldita que llama desde las arenas del tiempo gritando su condena. Es actual. Desgracia se sitúa en la primera década de la Sudáfrica postapartheid, esa que mencioné párrafos arriba, donde las “razas” ya “convivían” en “pacifica armonía” bajo el ala protectora del Madiba(5) Mandela. Ahí también los seres humanos reptan en sus mezquindades y sueños grises a pesar de los grandes y justos cambios sucedidos a su alrededor.

Desgracia es el libro de cambio de época por excelencia en la carrera de J.M. Coetzee y plantea estas preguntas: ¿Cómo vive su desgracia quien ha estado acostumbrado a verla en otros simular que no existe o haber sido cómplice de esta con su silencio? ¿Qué se siente cuando aquellas y aquellos a quienes no auxiliaste, y máxime sentiste pena, ahora te hacen víctima de su maldad?  Desgracia es la historia de esa venganza anunciada párrafos antes, pero no es una venganza nacida de masas disconformes gritando ¡a la lanterne!(6), mientras cuelgan y guillotinan reyes déspotas. Desgracia es la historia de la venganza en la vida cotidiana, en lo gris del día a día. David, el personaje principal, pasa del suave encanto de esa burgués vida que tiene como un profesor emérito de una renombrada universidad, a ser un desterrado que ha sufrido las ordalías éticas de un proceso promovido por un tribunal académico compuesto de colegas suyos; mujeres y hombres negros. Su exilio será el campo de la Sudáfrica postapartheid, “visitando” a su hija vivirá y disfrutará la vida, así como experimentará el ostracismo y será testigo y víctima colateral de la desgracia acarreada ahora contra ella, existiendo quizá más y peores consecuencias de las esperadas.

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Ciudad del cabo, una de las tres capitales de Sudáfrica junto a Pretoria y Bloemfontein / Fotografía: archivo.

En Desgracia Coetzee muestra el espíritu de quienes estoicamente viven un cambio de era. David es también afrikáner, no el clásico racista sino al contrario, muy abierto a esa “nación del arcoíris”. Sin embargo, él y su hija son víctimas (no sin un grado de responsabilidad) de un mundo cruel y violento que no discrimina por color ni género, como lo hace el ser humano. Coetzee con un lenguaje hermoso y contemporáneo, muy de la literatura anglosajona, plasma en paisajes llenos de colores el sufrimiento de quien ahora entiende que deberá enfrentar de una forma u otra las consecuencias de una sociedad que fue injusta y cruel al erguirse, mantenerse y lo es aún al caer. 

  1. Waiting for the Barbarians/Esperando a los Bárbaros. El mea culpa.

Coetzee vive intentando descifrar las oscuras estribaciones de un país construido en base al odio. ¿Cómo superas eso?, se pregunta él, porque el mejor pero no único ejemplo es Sudáfrica. Coetzee siente que hay una obligación moral desde ahí hacia el mundo de advertir respecto a las monstruosidades inherentes. En Esperando a los Bárbaros, el autor presenta un personaje gris, un funcionario público de un imperio colonial (vaya novedad) cuya carrera se encuentra en la encrucijada de poder saltar a un nivel superior o hundirse en las chatas aguas de la burocracia discriminadora. En medio de tal vida, el héroe tendrá una epifanía que lo llevará a romper con la estructura de relación social y económica que él, como representante pleno de aquel imperio, vive como la mayor normalidad. Todos los años esos seres extraños, ajenos y primitivos –los bárbaros– llegan a las murallas de la ciudad a comerciar, a intimar, a espiar y a hacer todo lo que se hace entre seres humanos. Durante un corto periodo al año son humanos para los civilizados colonizadores escondidos tras sus enormes murallas, hasta que ese magistrado se decide a romper con el convencionalismo deshumanizante, asumir las consecuencias (crueles con él, con los bárbaros) y seguir un periplo de redención. Esperando a los Bárbaros nos muestra el cotidiano que construyó la identidad afrikáner por siglos de migraciones constantes y separación con aquellos que se les enfrentaron y pagaron las consecuencias.

El clima de las letras de Coetzee en Esperando a los Bárbaros es el de preludio a la tragedia, un vistazo a los fondos abisales que esconden monstruos bajo la supuesta tranquilidad de una vida burocrática, igual que en la película Metrópolis, de rato en cuando saltan a la superficie esos “deleznables” para sacudir la vida de los privilegiados y comerse a alguno. Aquí de rato en cuando las sombras comen a algún hijo de la luz y dejan la noticia de que tarde o temprano los hijos de los hijos de quienes viven en esa tierra “bendita” deberán pagar la factura.

  1. El espejo humeante. Cuando no te gusta lo que ves.

Tezcatlipoca es el “espejo humeante”. En el panteón azteca/mexica representa al adversario, al negativo de la imagen de luz, el opuesto a Quetzalcóatl, al mesías. Es el enfrentarse a uno mismo y eso es lo que hace Coetzee; los personajes de Coetzee cargan con la erosiva culpa de ser los que han destruido a otros. Es una culpa indirecta, quizá hasta justificada (como en el caso de Tierras de Poniente) en nombre de sus pueblos y de que las cosas “siempre fueron así”. No son los artífices morales de los daños, pero se benefician y eso los despedaza poco a poco. Son personajes endurecidos por esa culpa, no representan al cowboy norteamericano, ni siquiera encajan con el estereotipo del endurecido granjero afrikáner (bóer significa granjero en neerlandés) son personajes simples y regulares en su cotidiano, que tienen vidas si no cómodas por lo menos deseadas pero que no logran la plenitud de la satisfacción vital mínima, esto resultado de esa culpa que erosiona a una sociedad, a un grupo étnico, a una clase social, a estos sujetos.

Viven como si tuvieran un bloque de piedra monolítica ocupando su alma. Los personajes de Coetzee sufren una condena lenta porque su mundo y su vida es criminal y esto los destruye, así que deben buscar la redención de una forma u otra. Una redención imperante y necesaria porque su modelo cruel es, paradójicamente, “exitoso”. La Sudáfrica del apartheid afrikáner ganó dos guerras mundiales, logró un desarrollo económico del más alto nivel (obviamente solo satisfaciendo las necesidades de la minoría blanca), llegó a ser aliado de las grandes potencias “democráticas” durante la Guerra Fría, ¡hasta contó con un programa de armamento nuclear desarrollado!, esto con el beneplácito de la OTAN y afines.

Sin embargo, ese aire sórdido mencionado en los primeros párrafos, el de cárcel, contamina desde las cloacas, hiede debajo del tapete y termina haciendo la vida insoportable. En la película biográfica Stander(7) (2003), paradójicamente el año en que Coetzee recibe el nobel de literatura un policía sudafricano blanco y de familia rica termina convertido en el mayor ladrón de bancos de ese país. Este busca a como dé lugar el castigo por el crimen, en una manifestación antiapartheid en el histórico barrio de Soweto, mató a un adolescente negro y a través de los robos busca afrontar cual mirada en el espejo humeante su real culpa y deseo de redención. Ese es el aporte de Coetzee; alumbra el oscuro reflejo del tabú obvio, de la hipócrita indolencia respecto a ese hedor. En Stander, la esposa del personaje principal –mujer joven, de familia rica y muy educada– sintetiza en una frase lo que es el paraíso sobre la cloaca: “todo el mundo quiere escapar de este país…”, lo dice desde su cómoda vida de jet-set, entonces si ella desea irse, ¿cómo será para las y los otros?

La hipócrita indolencia respecto al hedor de un racismo y crueldad vergonzosos, las letras crudas y sinceras de la búsqueda de castigo merecido hacen al aporte de Coetzee un castigo que, como dije, es resultado de la victoria provisional de un modelo injusto. Pero, ¿qué sucede cuando el modelo es injusto y peor aún es un modelo perdedor, no tiene ni victoria provisional pero obtusamente se lo mantiene? La minoría blanca sudafricana fue una elite “ganadora” con un modelo que fue viento en popa a nivel mundial por varias generaciones, para después estrellarse ante lo obvio de su discontinuidad. Fue una burguesía con todas las de la ley; propietaria de la tierra y de los medios de producción, desarrolló un país y un proyecto para él de acuerdo con sus intereses y necesidades de control. Generó mecanismos de continuidad en el poder mediante el racismo y la brutalidad del control militar policial y sobre todo legítimo su proyecto con victorias internacionales tanto militares como políticas.

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El racismo no solo separa razas, sino ideas y opiniones diferentes. Además, resta empatía a quien la ejerce dejando ver a personas frías y sin corazón / Fotografía: archivo.

Bolivia no es así. La elite/casta no cumple ni los más mínimos requisitos de clase social, léase burguesía, blanca/blancoide, o en palabras de Fernando Molina en su libro “Racismo y Poder”(8), que “cumple función de blanca” –porque en Bolivia “no hay blancos, así que no les queda otra que ser menos indios”–, ya que nació del fracaso y sigue fracasando, a pesar de haber creado un “Estado” mínimo para coparlo con un ejército de leguleyos en las bases y ellos (pocas ellas) en la cúpula bajo un supuesto derecho de nacimiento.  A diferencia de la minoría afrikáner, carece de la victoria legitimadora. Eternamente perdedora y miserable es la nación que construyeron; tres guerras perdidas, recursos naturales dilapidados, ineptitud en la iniciativa privada (por eso se codicia la función pública), malinchismo que raya lo ridículo, etc., En el caso del apartheid fascista y racista afrikáner que Coetzee denuncia, este gritaba a los cuatro vientos que gozaban del derecho de la victoria (no por nada se llaman afrikáners (africanos blancos). El “chama-apartheid a la boliviana” (valga el término) sustentado por esa casta también lo grita, pero carece de esa piedra angular legitimadora que sigue buscando. La busca contra el tiempo, porque ahora está atrincherada en un reducto geográfico específico y aferrada a esa peculiar “feudernidad” que mencionó Adrián Waldmann en su obra(9) (la cual citó a pie de página para no volver esta reseña un ensayo sociológico) bajo la corta, chata y fascistoide dirección de un grupúsculo retrógrado que esa región no se merece, como señala Manuel Mercado(10).

 Coetzee ganó (para gusto o disgusto) el Nobel de literatura del 2003 debido a: “… sus oscuras meditaciones sobre la Sudáfrica posterior al apartheid que han sido aclamadas por reflejar la condición humana.” En las tres obras que he intentado allanar un poco a través de mi corta experiencia, el autor enfrenta al espejo humeante con valentía y no le gusta en lo más mínimo lo que vio ni lo que vivió. Es ahí donde se da esa paradoja/contradicción entre la sociedad sudafricana y la boliviana; ambas tienen como piedra angular de su construcción el racismo, ambas enfrentan con diferentes intensidades, tiempos y grados de valentía sus pecados originales y en ambos casos a ninguna le gusta lo que se refleja ahí, lo que ve. Mas la primera reniega de lo que ha logrado y cómo lo ha logrado, la segunda reniega de sí misma, pues carga aquello que odia en cada milímetro de su ser, no lo puede separar y reniega aun más de anhelar aquello que nunca ha logrado, de su eterno fracaso. 

En estos tiempos donde poco a poco y valientemente en Bolivia ya se habla de frente sobre esa condición de origen podrida que intoxica y hace nuestra vida imposible, ese elemento clave del eterno lamento boliviano (léase a Zavaleta Mercado) leer la hermosa bravura de Coetzee para atrevernos a mirarnos en el espejo humeante es indispensable.

Bibliografía:
(1) https://en.wikipedia.org/wiki/J._M._Coetzee
(2) https://en.wikipedia.org/wiki/Dusklands
(3) https://en.wikipedia.org/wiki/Disgrace
(4) https://en.wikipedia.org/wiki/Waiting_for_the_Barbarians
(5) https://actualidad.rt.com/actualidad/view/113364-nelson-mandela-muere-6-nombres

(6) La expresión À la lanterne! (¡a la farola!) obtuvo especial relevancia en París al inicio de la Revolución francesa, concretamente en el verano de 1789. Las farolas sirvieron como instrumento para llevar a cabo linchamientos públicos y ejecuciones en las calles de París durante la Revolución, siendo varios oficiales y aristócratas colgados en las farolas de forma ocasional.

(7) https://www.imdb.com/title/tt0326208/
(8) https://library.fes.de/pdf-files/bueros/bolivien/17562.pdf
(9) https://isbn.cloud/9789995439231/el-habitus-camba/
(10) https://www.youtube.com/watch?v=03e2h4niC8U

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