Los límites de una casa

Leni Flores nos propone una lectura del poemario Casa impropia, de Rodrigo Figueroa, que discurre por el concepto de “habitar”, según Heidegger; una perspectiva que complejiza y enriquece la lectura del libro.

Casa impropia, publicado por la editorial Electrodependiente, es el primer poemario de Rodrigo Figueroa. También es una exploración sobre los límites de una casa. El título nos invita a leerlo de manera dual, como si fuera el primer verso del volumen y, a la vez, una declaración de intenciones. Bajo su tachadura, Casa impropia nos permite ensayar un segundo título: Casa propia. Será tarea del lector instalarse dentro o fuera de la casa propuesta por Rodrigo Figueroa.

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Portada poemario Casa impropia, de Rodrigo Figueroa.

El poemario hace eco de una pregunta que en su momento también formuló Martin Heidegger: ¿cómo habitar en el mundo? El filósofo alemán inicia su reflexión del habitar a partir del acto de construir: “El habitar es, siempre, el fin que preside a todas las construcciones. Porque construir no es solo medio y camino para el habitar; el construir es, en sí mismo, ya habitar”[1]. Acá Heidegger establece que para habitar es preciso construir, ambos actos convergen en un movimiento vital necesario.

Figueroa parece entrever la correspondencia entre el construir y el habitar. Sus poemas testimonian la construcción de la casa de la infancia, revisitada desde la memoria. Ladrillos de tiempo y miseria / formaron el esqueleto de estos muros. El autor no solo devela la casa del pasado, en su inventario de construcciones también tiene cabida la casa futura. En este sentido, el poema Combinación de sustancias aventura una fórmula para habitar la muerte: Tres de arena/ una de cemento / y agua/ decías /es la mezcla perfecta / para un sólido cimiento/ fue esa cantidad exacta / la que echaron para sellar tu tumba.

Pensemos primero en las implicaciones del primer título posible: “lo impropio”, aquello extraño, ajeno, contrario a las convenciones, pero también a la propiedad privada. No podemos habitar lo impropio porque estamos incómodos, literalmente fuera de casa. Lo impropio, cuando contamina el lenguaje o los gestos, revela nuestra extranjería, nuestra falta de pertenencia y, paradójicamente, nos remite a lo propio. Si somos extranjeros en una tierra, a fuerza pertenecemos a otra, sin importar cuán remota sea: un lugar al que llamar hogar, casa, y más aún casa materna. Al respecto, Figueroa aventura: la distancia mata la lengua materna, como si pudiera intuir que el lenguaje también es una casa viva, ávida de cuidados, reparaciones, restauraciones.

“Habitar significa permanecer circundado en aquello que nos es familiar; esto es, en la libertad que protege a todo en su esencia”[2]. Heidegger establece como rasgo fundamental del habitar este proteger. Lo atraviesa en toda su amplitud. Figueroa no es ajeno a la noción de proteger, el habitar circundado por lo familiar, cuando nos revela en un par de versos: La casa materna / es la mejor trinchera ante la adversidad.

Regresemos a la lectura dual que nos propone el título: casa impropia, casa propia. “Si el espacio es un sitio libre entre un límite, el límite no es aquello en donde algo acaba, sino, por el contrario, como lo supieron los griegos, el límite es aquello desde donde algo comienza su esencia”[3]. ¿Acaso Heidegger nos plantea una forma de conocimiento al tantear o medir los límites de nuestra casa, de nuestro cuerpo? ¿Cómo resolvemos la paradoja del espacio libre y a la vez delimitado? A fin de cuentas, ¿estamos hablando de una casa propia o una impropia?

Figueroa se pregunta si el afán de construir también tiene la potencia de aniquilar cualquier deseo de habitar: Un nido/ es capaz de podrir el árbol /hasta sus raíces. La casa misma reinterpretada como una bomba a detonarse con el pasar de los años: Es un cuarto pequeño /en el que no cabe/ la alegría ajena / la quemo /una fotografía arde /con toda la familia dentro.

Si un nido puede pudrir un árbol, también un puñado de hormigas puede convertirse en su propia muralla y resistir contra el tiempo. Tenazas, / agujas / hormigas embistiendo en grupo/ como una familia/ que permanece unida/ para sobrevivir. 

Al finalizar el poemario, al autor ya no le es suficiente contemplar la casa, necesita entrar en ella. Ser uno con el habitar. Una vez dentro, transforma el ladrillo en piel. Al irnos de la casa, de alguna manera, la portamos con nosotros. Cada uno es, entonces, espacio habitable. La consideración ya no pasa por estar dentro o fuera de la casa, o si esta es propia o impropia, sino en reconocernos como una. Cuando la contemplación no alcanza/ para describir un lugar / es necesario entrar en él.


[1] Martin Heidegger et al., Filosofía, Ciencia y Técnica (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2019), 200.

[2] Martin Heidegger et al., Filosofía, Ciencia y Técnica (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2019), 204.

[3] Martin Heidegger et al., Filosofía, Ciencia y Técnica (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2019), 210.

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