Corre por tu vida: la belleza de lo crudo en Primal

¿Qué pensamos cuando nos ejercitamos? ¿Pensamos en algo? ¿Existe alguna relación entre el desgaste físico y la programación de una playlist en Spotify para lanzarnos a trotar en la madrugada? ¿Entre elegir ver una serie mientras le damos uso a las modernas máquinas de un gimnasio? ¿Cuál es el vínculo —si es que este existe— entre entrenar el cuerpo y la gestión de las emociones? En este texto, Adrián Nieve ensaya (casi sin piedad) posibles respuestas a estas y otras preguntas. Preguntas que quizás nunca hemos explicitado, pero que probablemente han estado siempre ahí, acechando.

Antes de ponerme los audífonos, me llega el ruido seco de las pesas chocando contra el suelo, los jadeos en las caminadoras, los distintos niveles de músculos estirándose como bandas elásticas, en toda su plenitud. Cuando me los pongo, las imágenes del gimnasio se independizan del sonido y me aíslan en un mundo de cuerpos esforzándose en el más pacífico silencio.

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Correr por calles solitarias en plena madrugada despierta ese algo primitivo que sobrevive, latente, en lo profundo del ser humano. /Ph: Public Dormain en Pixabay.

Hoy toca puro cardio y mi cuerpo macurcado lo agradece. Más que eso, retornan las memorias de hace unos años atrás, cuando salía a trotar por el barrio a las once de la noche, respirando a bocanadas el aire frío paceño, seguido amistosamente por jaurías de perros que ya me consideraban parte de sus filas, sudando y con el cuerpo ardiendo por el esfuerzo al que me sometía cada día, siempre hasta la medianoche.

Trepo a la caminadora y apoyo el celular en la consola del aparato, la programo en una velocidad tranquila mientras con un par de toques hago que en la pantalla del celular empiece la función: Primal (2019-), la serie animada creada y dirigida por Genndy Tartakovsky (El Laboratorio de Dexter, Clone Wars, Samurai Jack), al ritmo de la cual voy a “correr por mi vida”.

Correr en un gimnasio es aburrido. No tiene el saborcito de esas noches en las que, al mover las piernas, tenía que estar ojo al charque a cualquier indicio, ya fuera de un tropiezo o la proximidad de alguien de verdad peligroso. El paisaje cambiaba a medida que me movía por las calles y corría hasta que me dolía el cuerpo, para después arrastrarme de vuelta a casa, empapado en sudor. Eso sí, descubrí que en la caminadora del “gym” puedo leer o ver series y películas mientras corro.

Primal es la historia de un cavernícola (Lanza) y un dinosaurio (Colmillo) que forman un atípico lazo afectivo después de ver morir a sus familias. Juntos deberán sobrevivir a un muy violento mundo prehistórico. Todo esto se explica y se entiende sin una sola maldita palabra, porque Primal es un show de animación en su expresión más pura y más básica. Una veloz obra de arte, sonido, luz y movimiento, llena de acción y vísceras.

Mi juego es sencillo: mientras estoy en la caminadora viendo los episodios de esta serie, disponible en HBO Max, tengo que ir al ritmo de la trama y los personajes. Eso es: si van lento, voy lento; si pelean, yo acelero. Si corren, también yo. Si están en peligro de muerte, me disparo con todos los niveles de la caminadora casi a su máximo, tratando de igualar mi experiencia con la velocidad, la sangre, el peligro y la brutalidad de cada escena.

Y en cada episodio, sin fallar, termino hecho bolsa.

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Los animales callejeros se han convertido en parte del espíritu mismo de una ciudad y, muchas veces, son animados compañeros de actividades como el ejercicio nocturno. /Ph: Rahat_20 en Pixabay.

Hay algo deliciosamente fantástico en moverte junto a esta serie. Sí, quizás verla en un celular mientras corro evita que admire, como sucedería en una pantalla más grande, los magníficos dibujos que Tartakovsky basó en Conan el bárbaro, Osamu Tezuka, Frank Frazetta, Moebius, Ralph Bakshi y la revista Heavy Metal. Incluso los mismos audífonos no terminan de hacer justicia al diseño de sonidos de brutalidad que hay en la serie.

Pero el movimiento lo compensa, porque es tanta la intensidad que se hace prácticamente imposible no meterse en las pieles de Colmillo y Lanza mientras corren por su vida. Los pocos momentos de sosiego que tienen en cada episodio son bienvenidos con un alivio que va más allá de la empatía, en los que jadeo y ruego para que se alargue este descanso donde solo tengo que trotar, pero un nuevo peligro aparece en pantalla y ya no hay respiro posible.

Mientras el cuerpo te arde y tu mente ruega para que te detengas, el miedo se hace más palpable. La falta de aire, las piernas resentidas, las gotas de sudor obligándote a cerrar los ojos, todo se une para evitar que tu cerebro sobrepiense lo que sea, haciendo que los momentos en que Primal juega con la ternura sean especialmente profundos. Que calen más duro en tus emociones.

Porque eso es lo mejor: Primal no solo es sangre y violencia. Hay una historia muy triste ahí, hay una ternura demasiado única, pese a que ninguna de sus premisas es, lo que diríamos, novedosa. Quizás es la fatiga del trote que apaga mi mente y hace de la amistad de Lanza y Colmillo algo más enternecedor de lo que es, pero no importa porque igual pega fuerte. Quieres que estos seres sobrevivan, quieres que no vuelvan a sufrir, sientes que la trama no está de su lado, temes que cualquier rato se puedan morir.

“Basta. Dejá de huir, cobarde”, me dice mi editora mientras escribo esto en mi cabeza. Está molesta porque estoy evitando el tema. “¿A mí qué me importan los personajes de una serie que nunca he visto y que, probablemente, no vaya a ver nunca? Háblame de tu motor, de qué te motiva a continuar corriendo”. Pero no me gusta hablar de la rabia, porque es como un puño cerrado dentro de mi pecho que crece y se aprieta mientras más lo ignoro. Cada que me toca aguantar a un jefe imbécil, cada que un cretino se siente superior por su credo o ideología, cada que alguien mata a un perro o un gato, cada que recuerdo que papá y mamá no supieron divorciarse bien y me lo quieren hacer pagar a mí. Cada que se me antoja ser feliz, pero viene el cochino dinero a recordarme que tengo que sacrificar mi vida por él. Cada que mi vida me recuerda que se pierde, segundo a segundo, y que la tengo que aprovechar antes de que se marche para siempre.

Ese puño que pesa mientras corro, esa rabia que nunca supe expresar libremente, se relajaban cuando, por las noches, trotaba por barrios alejados, pendiente de los autos que bajo la luna aceleran sin culpa; de los vómitos de los borrachos que te hacen tropezar; de los pandilleros que se ríen de ti y luego te asaltan; de los perros que cuando no te quieren te ladran y cuando te quieren ahuyentan a los pandilleros por ti.

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Qué lejos está ejercitarse en máquinas modernas, en un ambiente aséptico y casi quirúrgico, del ejercicio callejero que dispara la adrenalina al menor movimiento sospechoso. /Ph: Michael Laut en Pixabay.

Quizás por eso necesito de Primal mientras corro en el “gym”. Insisto: las virtudes técnicas de la serie habrían sido mejor aprovechadas si viera esto sentado y bien cómodo. Pero acá es aún mejor, porque más allá de la belleza de lo crudo que se representa en los logros de storyboard y animación de Primal, también cuenta mucho qué tanto puedas empatizar con estos simples personajes. En mi caso, la rabia cede, enternecida por Colmillo y Lanza. El puño se abre, relajado, mientras mi mente se rinde, tan agotada como mi cuerpo, y no queda más que mezclar el sudor con un par de lágrimas, sin saber si lloro por ellos o por mí. Quizás por ambos. Quizás simplemente me da rabia tener que morir.

Y es que a veces se necesita sentir todo eso al ver una serie o una película. No tanto una pantalla grande para apreciar hasta el último detalle, o unos parlantes bien mamones perforando tus tímpanos, sino un cuerpo completamente rendido y una mente prácticamente apagada que se hermanan con las situaciones de los protagonistas y juntos, los tres, escapamos corriendo de la muerte por veinte minutos cada día, solo para sentirnos más vivos.

Corremos hasta que nada importa, para que nada exista, solo nuestros cuerpos arrebatados de adrenalina, a punto de derrumbarse, respirando para no morirse, encontrando las fuerzas para cargar cualquier peso que carguemos mientras dure la carrera y sencillamente continuar. Corremos hasta el crudo cansancio para que sea más fácil olvidar el terror de morir y así podamos concentrarnos en la belleza de vivir.

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