Un hueco se ha abierto

Es 1977, la dictadura de Banzer ya lleva seis años, y cuatro madres deciden levantarse frente a la opresión del Estado que detuvo a sus familiares sin razón aparente. En este texto, Carlos Delgado cuenta la historia de una de ellas, la señora Luzmila Rojas, y la hazaña que inició para encontrar a su esposo; un acto que anunció la caída de ese gobierno militar.

“Antes, en el registro civil, vos ibas e inscribías a quien querías. Solo tenías que ir con tu certificado de nacido vivo. Por eso, cuando vivíamos en Oruro, mi tío me llevó al registro civil y él me inscribió. Entonces, mis papás ya estaban perseguidos por los militares, había agentes que los seguían. Anotaban todo lo que hacían”, cuenta Fidel.

En Alto San Pedro, en la ciudad de La Paz, el centro de actividad del barrio era la plaza Luis Crespo, que conecta al centro de la ciudad y al barrio de Sopocachi. Más allá de la zona, todas las cosas sucedían más rápido y las pausas en la vida eran cada vez más escasas. El siglo XX ingresaba a su última década, todos estaban ansiosos por despedirlo y dejar que las luchas que lo conformaron se convirtieran en parte de la historia.

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En tiempos de dictadura, los trabajadores salían a sus faenas con el riesgo de no regresar a casa. / Fotografía: Mauricio Paco.

Las mañanas aún eran tranquilas a principios de los noventa y Luzmila Rojas salía con su hijo Fidel a jugar a los parquecitos de Alto San Pedro. El juego favorito siempre era el fútbol, donde la señora Luzmila era ineludiblemente el arquero. A veces, el juego los llevaba a la calle Aspiazu, una de las subidas que conecta a Sopocachi con los barrios de Alto San Pedro y que escala cuesta arriba desde su base en la calle Ecuador. Perder el balón cerca de la Aspiazu implicaba tener que bajar las cuatro calles en picada. Cuando los goles ganaban la portería imaginaria, madre e hijo bajaban con prisa la vía empinada, cogidos de la mano.

En las noches tomaban el tecito en casa. Tenían una mesa grande de metal, muy pesada. Era una de las cosas que trajeron de su distrito minero y era un reflejo de la vida práctica y sin lujos que lleva el trabajador de las minas. Los duros fierros se acondicionaron para sostener una venesta un poco más gruesa de lo normal, a fin de que la familia se pueda reunir ahí para las comidas. Al otro extremo del comedor, un mueble de madera cobijaba la televisión pequeña en la que había que escudriñar la estática buscando noticias. “Esos son los primeros recuerdos que tengo de mi mamá. En la casa, pateando la pelota. Y siempre estaba ahí presente la lucha contra el Estado. Porque veía a los agentes tras los pasos de mi familia”.

–¿A dónde estás yendo?

–Voy a ir a averiguar qué han hecho con el José –dijo Luzmila .

Los papás de la señora Luzmila le ofrecieron cuidar a sus hijos pequeños mientras ella iba a buscar información sobre su esposo. Era el año 1977 y varios trabajadores habían desaparecido dejando atrás a sus familias. En la ciudad minera de Llallagua, los barrios estaban divididos en razón a la ocupación que sus habitantes tenían en la mina: estaba el barrio de los dueños, el de los ingenieros, de los trabajadores en mina, etc. Todos los desaparecidos eran dirigentes que vivían en el barrio de los trabajadores de interior mina. Ahí comenzó la búsqueda. A pie, la señora Luzmila preguntó primero a las otras esposas, esperando que alguna hubiera recibido una noticia sobre sus desaparecidos. En casa nunca perdieron la esperanza. Cada día, cuando volvía, le preguntaban cómo le fue y la señora Luzmila les contaba la peregrinación de siempre: visitó las radios, preguntó entre sus amistades, preguntó a los dirigentes. Nadie tenía una respuesta. Para la joven madre, su única certeza era a la vez esperanza y consigna: si ella no reclamaba por su esposo, lo iban a hacer desaparecer. Eso le alumbró el camino, donde lo único que lo poblaba era la niebla y el silencio. Debía ir al centro mismo del problema, donde los hombres que militarizaron las minas se reunían, donde los comandantes daban las instrucciones y donde ellos se acuartelaban para gobernar. Tenía que ir a La Paz.

Las reparticiones públicas obedecían a las necesidades del gobierno militar. Una de ellas, el Departamento de Orden Público, tenía a su cargo el seguimiento y encarcelamiento de las personas que podían significar una amenaza política para el régimen. Tras la imagen de oficinas estatales se ocultaban celdas y, debajo de los pisos con escritorios y expedientes, los presos políticos eran confinados en calabozos subterráneos, sin noticias de su familia y sin esperanza de salir. Ahí, a las puertas de esa oficina, llegó la señora Luzmila para hacerles saber que su esposo no estaba olvidado, que detrás de él estaba una familia con hijos que lo necesitaban y una esposa que haría el viaje desde Oruro las veces que fuera necesario. La gente detrás de los escritorios no tenía respuestas para ella. La versión oficial, ya lo esperaba, era que no sabían nada de la persona que iba a buscar. A veces los subalternos, en lugar de despacharla con el argumento de que no sabían nada, le daban información escasa cuya veracidad tampoco era consuelo.

Al volver a casa, sus padres le preguntaban cómo le fue. Aunque la expectativa era grande, ella solo podía ofrecerles lo poco que le lograban contar en la puerta de la Dirección de Orden Político (DOP). En cambio, ellos dos sí tenían noticias para ella. La primera era fortaleza y dolor: sus hijos estaban bien, la estaban esperando, y preguntaban por papá. La segunda era inesperada, y tal vez fuera lo que estaba esperando: las esposas de otros desaparecidos la buscaban. 

“Mi hermano se llama Ernesto –cuenta Fidel–. A mí me pusieron Fidel. Mi papá siempre quería que tuviéramos esos nombres. Mi segundo nombre mi tío se olvidó, por eso me puso el nombre de mi papá, pero originalmente tenía que ser Gustavo. El padre Gustavo era el que ayudó a mi madre a organizar la huelga. Era un padre jesuita de Llallagua”.

El padre Gustavo convocó a las esposas de los desaparecidos, a todas las mujeres que no tenían una respuesta sobre el destino de sus esposos, a partir a La Paz desde Llallagua para empezar la huelga lo más antes posible. Aunque eran varias las que buscaban a sus desaparecidos, lo que les pedía el padre era enfrentarse a un gobierno dictatorial, que no conocía más leyes que las de la fuerza y el abuso. Proponía enfrentar a estas madres de familia en contra de un régimen organizado que había tomado el gobierno por la fuerza, sin respeto por las leyes y la dignidad humana. Aunque llamaran a cien, fueron cuatro las que se quedaron y aceptaron llevar su protesta a La Paz: la señora Nelly, la señora Aurora, la señora Angélica y la señora Luzmila. Eran las cuatro. 

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La infancia para Fidel Pimentel Rojas fue jugar al fútbol con su madre en las empinadas calles paceñas y acompañarla en su protesta. / Fotografía: Mauricio Paco.

“A mis abuelos les había costado años construir la casa en Llallagua. Y la preocupación de mi mamá no era tanto lo que le podía pasar a ella, sino a sus papás, a sus hermanos. Tenía que ganarle a todo un ejército. Y tenía todo en contra: podía perderlos a todos. Había un órgano represor en el Estado con toda la posibilidad de hacerlo”.

Era diciembre de 1977. Se acercaba la navidad. La señora Luzmila viajaba a La Paz con su hija de tres años. Esa noche sería la cena de navidad en el Arzobispado de La Paz. Al día siguiente, el 26 de diciembre, debía instalarse la huelga de hambre contra la dictadura. Mientras abrazaba a su hija, con las otras madres comentaba los intentos de desestabilización que el gobierno aplicaba a los trabajadores organizados. Fue en ese momento, mientras oía las historias sobre los militares que se infiltraban en las organizaciones, en los barrios o incluso en las familias, cuando la señora Luzmila comprendió el riesgo de la resistencia. Aunque no la ataquen directamente a ella, las represalias de la dictadura podían llegar hasta sus padres y su otro hijo. Sabían que había agentes siguiéndolas a ella y a las cuatro mamás que viajaron desde Llallagua. Al final, todo dependía de la voluntad de una sola persona, que contaba con todos los recursos para organizar una desaparición igual a la de su esposo.

Ellas eran madres de familia. No recibieron dinero ni recursos de nadie, pero tenían un objetivo claro: encontrar a sus esposos. No esperaban recibir nada más. No tenían relevos. Y de todos modos nadie se ofrecería. No había posibilidad de ir a un hospital, pues eso habría sido igual a entregarse al gobierno militar. Eran cuatro madres, entre todas reunían 14 hijos, niños y niñas de diferentes edades; y ese era el primero de 28 días.

Durante todo ese tiempo, la señora Luzmila recibió visitas de todo tipo. Entre periodistas y universitarios que iban a ofrecer su colaboración, algunos le ofrecían ayuda para ella y para su hija. Otros directamente les ofrecían dinero. Y la condición era siempre la misma: dejar la huelga. En algunos casos, sabían que las personas que los visitaban eran agentes del gobierno militar; gente especializada en infiltrarse en organizaciones para desestabilizarlas desde adentro. Pero el peor temor de las madres era que uno de los agentes se lleve a sus hijos. No los llevaron por consigna, sino porque no tenían otra persona con quien dejarlos. Esa era su realidad, pero la vocación de hacer la huelga hasta encontrar algo sobre el destino de sus esposos era igual de, sino más, real. Entre las cuatro madres fueron conscientes de que su cometido no tenía plan B ni buscaba ser el pie de inicio de revoluciones posteriores. Las madres querían volver a juntar su hogar.

Luego de que las cuatro madres de familia se instalaran en el Arzobispado de La Paz, se les sumaron grupos movilizados de gente que montaba sus propios piquetes de huelga. Todo el mundo veía lo que sucedía con el gobierno militar. Vinieron desde diferentes organizaciones sociales y trabajadoras porque recibieron la certeza de que podían hacerle frente a la dictadura. Con su huelga, cuatro mamás habían abierto un hueco, y a partir de ahí un gobierno militar se había empezado a romper. “Tus documentos eran un papel cualquiera. Te los quemaban, te los rompían o simplemente ponían otro nombre ahí y nadie se daba cuenta” –recuerda Fidel–.

Si eres boliviano y tienes que hacer un (cualquier) trámite en Bolivia, necesitas dos fotocopias de tu cédula de identidad. Aunque esté plastificada, cromada, con hologramas y tintas brillantes o secas, toda ventanilla de recepción pide dos fotocopias anverso y reverso de la cédula. La señora Luzmila no puede hacer esos trámites. Es el año 2022 y aún tiene que ir a la oficina de identificación personal para pedir que se corrija el daño que otro gobierno hiciera sobre su información personal. Como una vieja cicatriz, los errores de nombre, de concordancia, de registro y de fechas le siguen impidiendo sacar una cédula de identidad que le permita realizar los trámites más sencillos. Fidel está acostumbrado a tener que dar explicaciones en oficinas y en entidades, todas en el mismo tenor: estamos arreglando los datos, no es culpa nuestra, en este documento está aclarado eso. La señora Luzmila mira serena a las personas detrás de la ventanilla. Hasta el día de hoy, el Estado sigue luchando contra ella.

Es que no es la primera vez que la señora Luzmila se pone de pie y se para en frente de las que se autodenominan instituciones. Desde hace muchos años que conocía las recompensas de la paciencia, pero ni entonces ni ahora buscó retribución. Lo único que buscó siempre fue defender a las personas que amaba. Nunca lo sintió como una lucha, era su diario vivir. Las instituciones pasaron, pero ella sigue aquí.

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