Crónicas del corto verano udepista: Picaso

El ámbito cultural (y nocturno) paceño ha estado y está poblado de una gran cantidad de personajes entrañables, a la par que curiosos. Uno de ellos fue Picaso (así, con una sola s), hombre vinculado tanto a la política como a la bohemia paceña, tan conocido por su alias, como por la peculiaridad de su nombre: Jorge Sanjinés (y no, no fue cineasta), y que protagoniza este maravilloso texto de Adolfo Cárdenas.

Picaso se llamaba en realidad Jorge Sanjinés y le parecía casi gracioso ser homónimo de un director de cine nacional con tanta influencia en el extranjero, razón por la que, más de una vez, fue confundido en alguno de sus exilios; porque Sanjinés, alias Picaso, era político, militante de alguna rama de izquierda y eterno exiliado en los periodos de las dictaduras que se dieron entre 1964 y 1981, con cortísimos períodos de apertura democrática.

294
En 1982, mientras la UDP congregaba masas en San Francisco, Picaso deleitaba con historias a parroquianos y amigos. / Foto: hemeroteca de Presencia.

Su historia se remonta probablemente a su época de estudiante de secundaria donde, ya militante de alguna facción de izquierda radical, trabajaba como correo entre refugios, escondites o casas de seguridad, lo que le sugería algunas anécdotas al respecto —patéticas, divertidas o curiosas— y que eran parte de su repertorio como animador de las mesas en las que le invitaban un trago o un vaso de cerveza, y en las que ofrecía una relación de los acontecimientos culturales del día, matizando aquellos en los que hubiese habido vino de honor.

Cabe establecer que, al hombre, los copetines le gustaban bastante; bromeaba al respecto diciendo: “Más que un alcohólico anónimo, prefiero ser un borracho conocido”.

Esta condición se la había ganado, probablemente, en uno de sus innúmeros exilios en el que aprendió a destilar su propio alcohol; decía que lo necesitaba para controlar sus ataques de epilepsia. Una terapia no sé si válida, pero que, en apariencia, a él le servía.

Usaba un chaleco sobre otro y a veces hasta un tercero, en cuyos bolsillos guardaba una colección de botellitas; todas ellas llenas de una especie de trago que vendían a granel con el nombre de vodka o ron y que él mezclaba con cerveza, porque decía que esta, por sí sola, no le causaba el más mínimo efecto.

En ocasión de la inauguración de un festival de teatro, el Picaso cayó de pronto al suelo, entre revolcones y pataleos que la gente que asistía pensó que eran parte del programa, y todos se limitaron a verlo sonrientes o sorprendidos, hasta que algún empleado del lugar arrastró al hombre a la parte trasera diciendo: “Vamos allí, que hay harto vino”. Casi nadie  se enteró de que se trataba de un ataque.

Cuando Sanjinés murió, víctima de esos excesos, mucha gente quiso expresar de alguna manera el dolor por la pérdida tal vez prematura de este hombre. El escritor Homero Carvalho tiene un texto sobre Picaso y el pintor Edgar Arandia organizó una muestra con él como personaje y en la que los asistentes narraban o escuchaban las anécdotas divertidas o extrañas en la vida del difunto —entre ellas, una donde lo confundían con el Sanjinés cineasta y organizaban un festival de cine en su exilio portugués—, o comentaban la colección de fotografías de él junto a personajes de la historia contemporánea de América Latina y que usaba para darle veracidad a sus historias.

No existe otra forma de terminar este texto si no es con un fragmento del poema de Julio Barriga:

Dispersa tu ceniza mezclada con el sueño

Nuestro ebrio embajador en ultratumba

Saluda al Loco Borda si lo encuentras

Si hubiera un más allá para la pena.

70 me gusta
306 vistas