Paso cuatro: escribe una carta a tu abuela

Siempre queda algo por decir, especialmente a quienes más amas. Así y todo, Camila Urioste intenta escribirle una carta final a su abuela, una despedida pendiente y muy sentida llena de recuerdos reales y ficticios en honor a una mujer que marcó la vida de la autora y que la quiso tanto como ella ahora la extraña. Un poderoso y tierno texto de la autora de Soundtrack.

Escribe una carta a tu abuela, aunque no pueda leerla. Una carta para leerle el día de su misa de un año, en su aniversario de muerte, aunque no puedas ir. La carta que debiste haberle escrito antes, la carta que anotaste en tu agenda, en la lista de cosas que hacer: escribir abuela. Esa que no escribiste nunca y entonces ella murió, hoy hace un año.

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“Escribe una carta a tu abuela, aunque no pueda leerla. Una carta para leerle el día de su misa de un año, en su aniversario de muerte, aunque no puedas ir”. Ilustración: Christian Rojas.

Escribe ahora esa carta, mientras dure la misa de las nueve en la iglesia de Obrajes. Enciende una vela, pon a sonar el concierto de guitarra de Aranjuez y escribe una carta a tu abuela como para recoger los pedacitos desperdigados del duelo y hacer un quilt. Dile “abuela”, dile “querida”, dile ”querida abuela, ¿te acuerdas el último día que nos vimos? Comimos quesumacha en la casa de Marcelo”. Era mi despedida. Contaste chistes. Contaste de nuevo lo del telegrama que siempre te hacía reír: Mamá querida, mula perdida. No sigo viaje por animal. Escuché de ti ese chiste mil veces, pero no lo recordaba. Tuve que preguntarle a Mercedes por Whatsapp cómo era ese chiste del telegrama para escribirlo aquí.

Contaste otra cosa, también. Algo que nunca había escuchado. Que de joven ganaste una beca para irte a Chicago a estudiar, y que tu padre no te dio permiso, y que le hiciste caso, y que la amiga que viajó en tu lugar se hizo monja. Y por primera vez imaginé que tu vida podría haber sido distinta a la que fue.

Te acompañé a tu casa, caminamos del brazo desde la reja hasta la puerta del departamento, subiendo con cuidado los escalones, y yo sabía que te tocaba por última vez. Nos abrazamos, sonriendo, y entraste. Cerraste la puerta. Sin drama. Sin drama, porque me habías querido, y yo a ti, porque me habías regalado mi primer mazo de cartas de tarot y la maleta roja con la que, en unos días, me iría de viaje a cumplir sueños. Porque no nos debíamos nada.

Solo que luego yo te quedé debiendo esta carta. 

Tengo encendida una vela blanca como hace un año, y lo que quisiera es poder estar allá donde descansa tu cuerpo, allá donde muchas personas se han reunido y te extrañan. Me hace falta compartir tu ausencia, es como si el dolor estuviera todo repartido entre los seres que te amamos. Y estando lejos no nos alcanza. No nos alcanza para armar el duelo. No me alcanza.

Recuerdo ese folder amarillo que tenías con recortes de periódicos de mis andanzas. Cada premio, cada publicación, cada entrevista, cada columna escrita, todo recortado con cuidado y preservado. Recuerdo cuando quisiste entregarme el folder hace unos años. Estábamos tomando té en tu casa y entraste a tu cuarto y saliste con el folder en la mano. Yo nunca lo había visto. No entendía que me lo querías entregar hasta que me dijiste: “Esto es tuyo. Llévatelo”.

Se me rompió un poquito el corazón. Sentía que hasta ahí había llegado, esos eran todos los logros de mi vida, estaban todos guardados en tu carpeta. No se me ocurrió en ese momento que estabas preparándote, arreglando tus cosas para morir. No se me ocurrió que no me estabas diciendo hasta aquí llegaste, sino hasta aquí llego yo. Ese día, “dejé olvidado” el folder sobre una silla. No quería entender. Me lo entregaste de nuevo hace un año y no tuve más remedio que aceptar. 

Ahora te escribo una carta en una revista y, si estuvieras viva, podrías imprimirla y guardarla en la carpeta. Esta carta sería la última entrada, el último recorte, y estaría dedicado a ti.

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La autora recuerda con cariño un folder amarillo lleno de recortes que retratan y resumen su carrera con las letras, pensado y armado por su abuela. Ilustración: Christian Rojas.

Hace un año, en el taller de poesía, nos pidieron escribir la biografía de un poeta apócrifo inventado. Y yo te inventé a ti: una poeta mezclada con esta ciudad de Iowa, mezclada con extrañarte, mezclada con imaginarte otra, un juego literario que te haría reír. La biografía que escribí decía:

Hortensia Nardin nació en Iowa City en diciembre de 1921 en una granja, bajo el signo de sagitario. Hija de una inmigrante boliviana y un ciudadano suizo que había llegado hasta la ciudad a reparar el reloj del capitolio. Desde temprana edad, Hortensia se quedaba al lado del padre observándolo trabajar en su estudio con herramientas diminutas, reparando todo tipo de artefactos diseñados para medir el tiempo. Su madre la acostaba cada noche contándole cuentos del altiplano, de ciudades encaramadas en las montañas. En la granja tenían 10,000 ovejas que Hortensia y sus hermanos atormentaban jugando al caballito. Años después, en su lecho de muerte, Hortensia decía sentir entre sus labios el sabor de la nata fresca de la leche de oveja, el sabor de su infancia y elemento recurrente de su lenguaje poético. 

A los 20 años, se casó con un abogado distinguido, con el que tuvo seis hijos. Hortensia se dedicaba a recorrer los garage sales en busca de ropas, manteles, fundas y demás, para recortarlos y coser quilts. Cuando se aburrió de coser quilts, empezó a coser pantallas para lámparas, fundas de cojines, monederos, carteras y bolsos que luego vendía en las ferias de verano. La composición de los colores y la armonía de los pedazos eran admirables en el trabajo artesanal de Hortensia, que siguió con esta labor hasta poco antes de morir. 

Hortensia falleció a los 96 años. Al recoger sus objetos personales, los hijos encontraron una colección de 600 poemas escondidos en bolsillos secretos en las mantas, las fundas, las pantallas de las lámparas, los monederos que había cosido. Los poemas estaban escritos a mano en papel sábana, cuidadosamente doblados, y correspondían a escritos desde sus 15 años hasta el día antes de su muerte.

Ahora considerada la fundadora del movimiento literario “Quilt”, Hortensia Nardin está obteniendo el reconocimiento de la comunidad literaria internacional, así como la admiración de los amantes de la poesía en el mundo entero. Su libro póstumo titulado “Apocrifus Quilt” ha sido finalista del Booker Prize y traducido a 36 idiomas. Su tumba, en el cementerio de Iowa City se ha convertido en sitio de reunión para jóvenes que quieren acercarse al arte literario a través de la lectura y la costura.

Desde la publicación de su libro, la venta de nata fresca de leche de oveja en el mercado campesino de Iowa City ha aumentado su venta en un 800%.

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