En septiembre todo tiene sabor a sandía

Desde la ‘nostalgia’, desde el ‘querer’ regresar al lugar de origen, la poeta Verónica Delgadillo nos confía algunos recuerdos de su natal Santa Cruz, en tanto reflexiona sobre lo que implica volver a casa.

Pocas cosas me han decepcionado tanto como los resultados de la última elección de alcalde para Santa Cruz; y eso me jode, porque el sentimiento perjudica este nuevo ciclo de querer volver a casa. Explico esto partiendo de una confesión: en estos dieciseis años he sentido, en cuatro ocasiones, ganas de regresar a casa. Así que no es la primera vez que siento ganas de volver a Santa Cruz.

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“En estos espacios de tiempo medidos a mi manera he sabido reconocer aquellas cosas de mi primer hogar que han sido y son imposibles de reemplazar: una partida de pelota quemada en la calle Arenales (…); el airecito fresco que exigía la chompita mientras le dábamos vueltas a la plaza de Samaipata con mis primas; los carnavales y las navidades de aquella época en que no faltaba nadie…” / Ilustración: Adrián E. Rodríguez.

Pienso que puede ser cuestión de perspectiva solamente, que las cosas que alguna vez te dieron satisfacción o confort vuelven a ti como un sentimiento, pero no necesariamente como una opción segura del regreso a ese mismo lugar/momento; pero sí del regreso a casa. Yo me di cuenta de eso cuando noté que los mejores amigos de aquella época ya no están allí, por así decirlo, ni aquí, están donde a cada uno y una los llevó la vida; pero están ahí, uno no ha olvidado dónde o cómo encontrarlos.

Cuando me entra la nostalgia, me entra nivel... cantando “Santa Cruz es mi lugar, mi hoguera, es mi sol, mi eterna primavera...”; porque si pienso con detenimiento y autorreflexión, o sea en serio, todas las primeras veces de mi vida —las importantes— sucedieron en Santa Cruz, mis primeros pasos, mi primera caída, mi primer verso, mi primera película vista en cine, mi primer amor, la primera vez que me rompieron el corazón; todas esas puertas y ventanas secretas abiertas que dicen que nunca vuelven a abrirse, aunque yo pienso que sí y no, que no vuelven a abrirse de la misma manera, de ahí eso de vivir nuevamente mismas experiencias, ya no con la magia de una primera vez, sino con la magia de vivirlas como si fuera la última vez. Sí, ese mismo cliché, esa frase de autoayuda que dicen te lleva a encontrar nuevas emociones en mismas experiencias.

Entonces, volver a Santa Cruz, recuperar primero el deseo de regresar, esa sensación de la primera vez que, luego de estar lejos del lugar/familia/casa, quieres regresar. En Santa Cruz me enseñaron, muy oportunamente, la etimología de la palabra ‘nostalgia’, y por un tiempo la recordaba algo así como “nostos/casa y algia/dolor”, es decir, el sufrimiento de no estar en casa. Claro que ahora reconozco que esa definición estaba convenientemente interpretada, porque omite el concepto quizá más importante de la palabra ‘nostalgia’, ese que tiene que ver con el regreso, no solo con la ausencia o el sufrimiento de no poder estar donde sea que queramos estar. Regresar es una acción que requiere voluntad, quien regresa decide regresar, quien nostalgia, QUIERE regresar, no solo desea estar en algún lugar en el que alguna vez estuvo o que perdió o del cual se alejó temporalmente.

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Cada vivencia se almacena en nuestra memoria; se crean conexiones, se asimilan emociones y eso permite crecer. “Diálogo de casas”. / / Ilustración: Adrián E. Rodríguez.

Lo cierto es que para “querer regresar”, primero sucede que, por X o Y motivo, uno tiene que haberse ido. Acá empieza el chisme: ¿por qué me fui de Santa Cruz? Llevaba unos años de trabajo en un lugar bastante cómodo, pero sin perspectivas, ese tipo de lugares en los que perfectamente podés pasar diez, quince, veinte años en el mismo cargo. “Seguros pues”, como decía mi papá; pero no yo. Yo dejé todo por una investigación que ganó un concurso, una investigación que duró seis meses y era en Potosí; la sede del equipo estaba La Paz. Terminó la investigación, luego una consultoría, luego otra, y me fui quedando; pero no con una decisión definitiva, no si no podía traer a mi pequeña hija que se había quedado en Santa Cruz con mis padres. Así fue como luego de una selección dura de dos meses del Banco Mundial, exámenes, listas y demás, cuando me quedaban 70 Bs. en la cuenta del banco, me adjudiqué un contrato de cuatro años. Con ese escenario estable recuerdo que lo primero que hice fue llamar a mi madre. ¿Cuándo acaban las clases del colegio? 8 de noviembre, ok, mando pasaje a Mari Jo para el 9 de noviembre.

Sí, la nostalgia, algia, jodida; pero no de regresar a un lugar, sino de tener cerca a una persona. Pienso acá que la nostalgia tiene sus matices dentro de ese estado álgico. Porque la vida es como un viaje, uno se va de lugares, de la vida de personas, de ciudades, de trabajo; se muda de casa y cada una de estas situaciones tiene potencialmente la capacidad de sacudir tus certezas y tus miedos, de crearte dudas, de provocarte “algias, aunque también de provocar pequeñas alegrías, o aportar en la búsqueda de ese anhelado equilibrio entre el apego y el desprendimiento de las cosas, los lugares y de las personas.

Dentro de mi experiencia/historia puedo afirmar que cuando una o uno se va del lugar denominado ‘hogar primigenio’, el tiempo adquiere un ritmo y velocidad diferentes, todo pasa más rápido. Yo siento con esto que he aprendido a medir el tiempo de una manera distinta, como dividido en momentos de grandes planes y alegrías, y momentos de inenarrable tristeza, en los que usualmente esas algias por la casa se apoderaban de mí. Eran ciclos de cuatro años, ahora que le presto más atención.

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Cada etapa, con sus propias experiencias, compone un ciclo distinto en nuestras vidas. El acto de recordarlos y hacerlos dialogar con el presente nos permite mirarlos desde un panorama más amplio. / Fotografía: Verónica Delgadillo.

Es cierto que los viajes, sin importar el tiempo de estadía, te cambian profundamente, a veces uno no se da cuenta en ese mismo momento; otras muchas, te das cuenta luego, cuando en calma vas revisando tu cuerpo/vida y vas encontrando cicatrices que te muestran que has crecido (o no), que has vivido, que ya no sos la misma persona. Te das cuenta también de que hay cosas que son fácilmente reemplazables y otras que no. Hay momentos en que estando lejos, te sentís en casa.

En estos espacios de tiempo medidos a mi manera he sabido reconocer aquellas cosas de mi primer hogar que han sido y son imposibles de reemplazar: una partida de pelota quemada en la calle Arenales de Samaipata, con los chicos del barrio; el airecito fresco que exigía la chompita mientras le dábamos vueltas a la plaza de Samaipata con mis primas; los carnavales y las navidades de aquella época en que no faltaba nadie, porque el primer año que mi abuelo faltó, lo recuerdo perfectamente, Ofelia, mi abuela, había engordado un chancho todo el año para la cena navideña. Prometió chicharrón, escabeche y asadito vallegrandino; pero en la cena solo hubo pollo al horno. “¿Y el chancho?” preguntaron todos; la respuesta de una de mis tías fue: “¡sigue vivo!” Nadie preguntó más. A mí me tocó sentarme al lado de Ofelia y durante toda la cena me contó las anécdotas de «Chico», el chancho. “Es tan educado”, me dijo.

Irremplazables también son y serán las vueltas interminables al segundo anillo en el auto de mi amigo Sebas, aquel risotto ‘e’ tatú en Santa Anita de Lomerío, los amigos del barrio, el guayabo de la casa, las noches de vino y poesía con Puky, Gary, Gustavo. Sí, son esas irremplazables e imprescindibles cosas las que en esos momentos de medición temporal, de inenarrable tristeza, que te jalan de vuelta, te dicen que el tiempo de aventuras, de infortunios, de alegrías, tristezas, azares y desesperanzas, ya fue, que es hora de volver a casa, porque la casa no es solo ese puñado de fotos, sino donde sientes que está tu corazón. No significa que lo que hayas vivido lejos de ella no haya sido igual de importante, sino simplemente que ya no habría remordimientos al marcharte porque simplemente sentís que un ciclo ha terminado. O, porque —como Ulises— hace años que venís buscando la manera de regresar a tu Ítaca, porque regresar no siempre tiene que traer sufrimiento, incluso en el caso del regreso de Jhonny a la silla de alcalde, regresar también puede ser un reencuentro con vos, por qué no, con el puerto de tu paz interior.

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“Sí, son esas irremplazables e imprescindibles cosas las que en esos momentos de medición temporal, de inenarrable tristeza, que te jalan de vuelta, te dicen que el tiempo de aventuras, de infortunios, de alegrías, tristezas, azares y desesperanzas, ya fue, que es hora de volver a casa”. / Fotografía: Verónica Delgadillo.
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