Dueños de la calle

Un recorrido rápido por Coyocacán deja entrever el estado de las cosas. Desde México, Hugo José Suárez nos hace pensar en varias ciudades del mundo al hablar de cómo algunos sectores permanecen abiertos y libres para el público, mientras que en otros hay una suerte de guerra contra quién es peor para el tránsito ciudadano.

En mis tránsitos regulares por Coyoacán, en la Ciudad de México, no me deja de asombrar la relación variable entre lo público y lo privado. En algunos sectores populares, como las calles interiores de la colonia Ajusco (al sur de la ciudad), a menudo es invisible la barrera entre las dos dimensiones. Las puertas pueden estar abiertas, los niños jugando en la calzada compartiendo el espacio con los abuelos o los jóvenes que toman cerveza. Se pueden dar episodios tensos, pues globalmente la relación entre la sala y el exterior no tiene muchas mediaciones.

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Negocios improvisados, acatados por las autoridades, incluso yendo en contra de sus propias leyes, empieza a multiplicarse en la lejana Coyocacán, en México. / Achivo del autor.

No sucede lo mismo en el centro de Coyoacán, que se ha llenado de lo que los especialistas llaman “muros ciegos”, es decir paredes sin ventanas que pueden abarcar toda una cuadra. En efecto, el miedo al Otro ha impulsado sistemas de seguridad sofisticados que “protegen”, o en realidad separan a quienes viven dentro del condominio, de los que se quedaron afuera. Para ingresar, hay que atravesar por portones de fierro con guardias y sensores, dar una identificación y dejar claro dónde uno se dirige. La ciudad se ha llenado de estas islas de certezas que sellan la distancia −así sea por unos metros− con el mundo exterior y dan sensación de sosiego a los privilegiados habitantes que están dentro. Por supuesto que no es más que una ilusión, pues las lógicas internas de las unidades en-cerradas tienen sus propios riesgos, y cuando quieren salir a comprar pan, deben hacerlo con un guardaespaldas.

Una zona tan agradable como el centro coyoacanense, con una arquitectura especialmente atractiva para caminar, tiene desde hace algunos años varios enclaves que, abonando a la gentrificación, han construido casas herméticas que buscan calmar a los vecinos. Vaya, como si la casa de Trotski, que tenía justas razones para vivir con vigilancia en un pequeño fortín −y ni si quiera eso lo salvó−, se hubiera reproducido en esta nueva era.

Pero la relación público-privado no termina en los polos sociales y sus usos del espacio urbano. Lo que más me sorprende es que desde distintos frentes, el sentido de lo público, la calle que se supone pertenece a todos, es reinterpretado a conveniencia.

Vamos por partes.

Empiezo mi paseo por el centro de la Alcaldía. En la lateral de la Plaza Jardín Hidalgo (la más importante) −donde ahora hay unas letras de colores con el nombre Coyoacán y los turistas se toman fotos−, se puso hace algunos años un tráiler adaptado para fungir como oficinas. Así, tal cual, se lo estacionó a un costado impidiendo el paseo. La autoridad, en vez de rentar un departamento, instaló un “módulo móvil” para hacer trámites. Además de tener que subir y bajar con incomodad, sufrir las inclemencias del tiempo afuera esperando que se resuelva algún asunto, al alcalde no le importó apropiarse de un lugar que se supone es de tránsito de ciudadanos.

Camino un par de cuadras y me encuentro con un coche que se estacionó en la acera. Sin la menor vergüenza, se trepó íntegramente en el espacio reservado para los peatones, obligándonos a bajar cuidando que no venga un coche, caminar unos metros, y volver a subir. No quiero pensar qué sucede si alguien sale con silla de ruedas: quedó bloqueado. El dueño del auto, al igual que el alcalde, decidió que ese lugar le pertenece.

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Un auto, dueño de la acera, evitando el paso de los transeúntes, quizás esperando al día que le toque a uno accidentarse en pleno trajín. / Archivo del autor

Sigo adelante para documentar el absurdo. Una empresa de mudanza estaciona sus enormes tráileres en una calle. Los deja ahí hace años, nadie le dice nada, es su garaje. Sale cuando se requiere algún servicio y vuelve al concluirlo. Pero no es todo. En plena acera, entre dos árboles ha construido su oficina: un cuartito con cuatro paredes y ventana, luz conectada directamente al poste más cercano y anuncios de sus servicios pintados en cada una de las paredes.

En la siguiente esquina, el dueño de una casa puso unas horrendas cubetas de plástico rellenadas con cemento y un fierro al centro para demarcar lo que sería su estacionamiento. Sin autorización alguna, decidió que solo él podía dejar su vehículo ahí. Cada que entra y sale, los mueve para abrirse campo.

Por último, al frente de mi departamento, la calle ha sido loteada por cuidadores que deciden quién puede estacionarse. Imposible dialogar, son sus espacios ganados a golpes. Son ellos quienes administran, imponen el precio y las condiciones de uso.

Curioso. Una de las últimas normas de tránsito sanciona que se reserven espacios en la calzada y, por supuesto, está prohibido hacer uso privado de lo público. Pero bueno, siempre todo es negociable. Desde la autoridad hasta el cuidador, todos tienen potestad para reinterpretar la norma. Así las cosas en Coyocacán.

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