Andando

Como un sorbo de agua helada en una mañana canicular, este relato, breve, transcurre ligero. A manera de disculpa, se entiende, el narrador dice en las últimas líneas no estar en “disposición poética” para escribir, algo lo atormenta. La esencia misma del texto, sin embargo, lo contradice.

Vamos con Carlos Lloret a ver el espectáculo de Paco Ibáñez. Es otro de los regalos que nos trae, que nos da, la Universidad de Córdoba. Ya antes nos obsequió a Piazzolla y Amelita Baltar; al enternecedor Vinicius de Moraes; también la obra teatral brasileña, Macunaíma. El local donde se presenta Ibáñez es grande, pero siempre chico para la sed de arte de los estudiantes que llevan el corazón a la izquierda del pecho y la billetera vacía. Viene también Pity, la novia de Carlos. Yo, como suele suceder, voy solo. Todos nos metemos en ese remedo de auto que se denomina “ratón alemán”, y que en realidad es un BMW, para pobres, claro. Pero el ratón, a pesar de ser pequeño, con motor de 300 centímetros cúbicos y un consumo mínimo, igual requiere de vez en cuando que le pongan gasolina, de manera que el Geta (Carlos) Lloret, revendedor de huevos de gallina para sustentarse sin mucho esfuerzo, hace el recorrido previo por dos o tres estaciones de servicio, donde puede ubicar a un despachante de combustible conocido que le cambiará “nafta por huevos”. Así, después de ese extraño trueque, llegamos un poco más tarde de lo previsto, y el salón ya desbordaba de gente. De todas maneras, conseguimos entrar.

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“Aunque busco la fuga a través de los vocablos que escribo, el viento que ruge en mi mente solo armoniza con el temblor interno que me agita”./ Grabado: Fernando Pantoja.

            A los pocos pasos del ingreso, reconozco la cabellera rubia de Mariela, que hasta hace pocos meses supo darme su amor y su cuerpo, acompañada por un individuo que es, sin duda, mi reemplazante. Me alegro de verla, me parece justo, natural, pues sé que la vida sigue. Dije que suele suceder que yo estoy solo. Lo que pasa es que estas manifestaciones de arte son para mí una especie de ceremonias sagradas, y sé, siento, que debo compartirlas solo con la mujer que amo, pero que está en otro país, a una distancia que no podríamos recorrer con el ratón alemán, que apenas sirve para transportarnos en Córdoba. Es en mi espíritu donde, desde la música y la poesía, compartiré con la lejana amada, en un escondite inviolable del corazón que únicamente nosotros habitamos. Así, preparándome para recibir música de notas musicales y música de palabras, me voy adentrando en ese estado del alma propicio a las magias y me siento lejos del escenario, pero cerca de las emociones.

            Me parece realmente mágico que, mientras escribía las anteriores palabras, hoy, en este presente, mi prima Pachy me haya llamado desde Salta, después de años, para contarme que se va a Barcelona. Es que Pachy fue compañera de innumerables aventuras precisamente en ese tiempo al que me estaba refiriendo. Me digo que es una picardía o una advertencia del alma. No lo sé. Pero Pachy, que también era maestra en las artes y las desgracias del amor, solía presentarme bellas amigas en aquellos tiempos de nuestra Córdoba universitaria. Sabía vivir su libertad y proclamarla. Entonces no puedo evitar que la mente se me evada y, entre las oquedades de la memoria, se me haga luz un nombre, un cuerpo, unos besos, caricias y esplendores arrancados a una noche en la que el nombre de Lo, así, cortito, me lleve unos momentos por los caminos de la digresión, por las sensaciones recuperadas de su piel, por el recuerdo de susurros, de espasmos abismales y gozosos. Perdonen.

Paco Ibáñez no tiene una voz maravillosa, pero sí la maravilla de que con ella expresa los más hondos sentires. También nos cuenta sobre lo que va a cantar, sobre la vida y los avatares de los poetas a los que suma su música. Igualmente nos habla de la terrible Guerra Civil Española y canta algo, no sé de quién, que dice “Yo amo las dos Españas”. Y canta a Góngora, a García Lorca, a Miguel Hernández, a José Goytisolo, a Alberti… La música y los poemas se me van enredando en el alma y me secuestran, me arrancan de ese espacio que comparto con mis amigos y me llevan a viajar por los territorios del amor y de las batallas perdidas. Es entonces cuando resuenan, como vocablos gigantescos, las letras de Andaluces de Jaén, A galopar, Como tú, y la voz ronca de Ibañez se transforma en el instrumento preciso y precioso para dotarlas de la música que engalana su ya perfecta estructura. Y durante Palabras para Julia, de Goytisolo, mi emoción se desborda porque veo un poco de mi propia vida en ese entonces, y hoy veo mi presente, cuando les hablo a mis hijas. Esas letras que volví a escuchar y leer después de mucho tiempo tuvieron un sentido casi premonitorio. Esta fue otra digresión, disculpen. Trataré de redondear la historia. De vuelta, otra vez en el ratón alemán, el silencio y el arrobamiento nos acompañan, hasta que el Geta, a manera de síntesis, pronuncia: “¡Que lo parió!” Y eso basta, eso expresa nuestras vivencias durante el espectáculo. Es como si no hubiera otra forma de decirlo. Más tarde, ya en casa, brotarán las palabras, expresaremos nuestras impresiones, nos será mezquino el lenguaje para manifestar lo que sentimos ante la voz de los poetas. 

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“Es en mi espíritu donde, desde la música y la poesía, compartiré con la lejana amada, en un escondite inviolable del corazón que únicamente nosotros habitamos”./ Grabado: Fernando Pantoja.

En cuanto a lo otro, sé que ya pasará, sé que de todo se sale. Sin embargo, no estoy, no puedo estar en “disposición poética”. Muchos pesos, muchas cargas han caído sobre mi vida en este momento. Y aunque busco la fuga a través de los vocablos que escribo, el viento que ruge en mi mente solo armoniza con el temblor interno que me agita. Recuerdo que es tiempo de acudir a Lao Tsé, pero no sé si podré hacerlo.

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