Jamás besado y la maestra Miel

Utilizar uniforme o participar en la hora cívica son pequeños actos que persisten, aunque poco tengan que ver con la ‘educación’ propiamente dicha. A continuación, Sergio Gareca narra su experiencia como alumno en la Normal y propone una mirada crítica al sistema educativo boliviano actual.

¿Se acuerdan de esa película en la que Drew Barrymore es periodista y va a la escuela secundaria a hacer una nota de encubierta? Pues algo así me pasó a mí. A los 34 años ingresé nuevamente a estudiar a la Normal. Y, aunque no es lo que quiero contar, y si es lo que ustedes se están preguntando, sí, me sentí jamás besado.

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"Se preguntarán “¿para qué te has metido a estudiar otra vez?”. Pues, resulta que hay cosas para las que uno tiene suerte en la vida y otras para las que no. Conseguir trabajo es la oreja izquierda del conejo oculto en el sombrero de la estadística". / Ilustración: Guizada Durán.

Se preguntarán “¿para qué te has metido a estudiar otra vez?”. Pues, resulta que hay cosas para las que uno tiene suerte en la vida y otras para las que no. Conseguir trabajo es la oreja izquierda del conejo oculto en el sombrero de la estadística.

Presumimos que la educación es un deber consagrado del Estado y que cada escuela es un templo del saber; pero, de hecho, la educación es un conjunto de guetos laborales, barricadas de oportunidad desigual detrás de trincheras de amontonadas tesis en cinco ejemplares.

Cada título profesional es más un título nobiliario. La oferta académica se traduce en la oportunidad de comprar status social y un margen pequeño de oportunidad laboral. Llegado el momento todos sabemos que lo van a contratar al sobrino de doña ’este’ o al ahijado de don ’coso’, tanto en ámbito público como privado. Resulta interesante, en ese sentido, cómo tutoriales de YouTube están dando soluciones de conocimiento práctico para todo, mientras las habilidades académicas formales se devalúan.

Yo estudié Derecho, pero no lo volvería a hacer. Me había casado y ningún banco quería ofrecerme un crédito de vivienda con esa fuente laboral. ¿La razón? Nadie le cree nada a los abogados. Entonces traté de enderezar la vida hacia el lado siniestro. Podría pasar cinco años en el bufete o buscar un trabajo convincente para el banco.

Al ver la convocatoria a la Carrera de Comunicación y Lenguajes, dije: “Esto me viene como piedra para el q’alapari”. Iba a hablar todo el día de literatura, y me pagarían por eso.

Con absoluta seguridad, los recién salidos del colegio estaban más frescos que yo en problemas de lógica; no me gustaba mucho el inglés, pero me podría ir bien. Todo era cuestión de que los postulantes tuviéramos un poquito de voluntad y muchas ganas de que el Estado nos mantenga. Digo, es una irresponsabilidad a la que casi todos en este país aspiramos. ¿O a qué se le llama política?

Quiero dejar claro que este no es un escrito que quiera mancillar la dignidad del maestro boliviano. Hay mucha riqueza en esa muy poco reconocida labor. Por mi parte, en mi experiencia en la Normal, y antes de eso, he conocido la calidad humana de muchas personas. Es más, mi existencia ha sido un homenaje a aquella mujer maravillosa llamada María Luisa, quien me dio uno de los regalos más hermosos de la vida: me enseñó a leer. Pero, desde luego, hay algunas posturas, criterios y conductas anti pedagógicas que anónimamente son identificables en todo el país y puede que cada uno las acepte con mayor o menor conformidad.

Yo tenía una pesadilla recurrente. Puede parecer una exageración, pero es cierto. Soñaba que me aplazaba en Religión y, no importando mi edad, me hacían volver al colegio y usar el uniforme.

No es que me ponga a jugar al conferencista internacional para poderles decir que “los sueños se hacen realidad”, pero esa pesadilla se cumplió. Aprobado el examen de ingreso, me hicieron firmar que me comprometía a usar el uniforme. Ropa negra formal, ideal para funerarias y funcionarios de Matrix. Para las señoritas, guardapolvo y cabello recatado. Y de dónde si no, que ser educado es el ejercicio constante de andar guardándose los polvos.

Este uniforme parece perfecto para alguien que ha asistido recientemente a la muerte de su autoestima. Desde luego, el compromiso firmado es inconstitucional y, más que nada, inhumano, porque implica la renuncia a la personalidad propia y el derecho a la identidad (más allá de que usar traje saca el James Bond que hay en mí).

Poco antes de la pandemia, se puso énfasis en el cumplimiento de esa obligación. Yo tenía muchas ganas de preguntarle al entonces director si además era necesario lucir una peluca medieval. Seguramente el señor rondaba los cincuenta años, pero era un chiquillo al lado de Ozzy Osborne. ¿Es que acaso el Rock and Roll no nos ha enseñado nada en los últimos 60 años? ¿No estamos hoy en la era de la diversidad?

Tanto él como el anterior, a pesar de la distancia política entre ellos (pitita y marxista reciclado, respectivamente), estaban, y están, perfectamente de acuerdo en este detalle. Lo que hace pensar que es un problema de ‘tradición’. Es toda la personalidad anacrónica de la mentalidad colectiva.

La ley educativa propone una interesante bibliografía para la formación de maestros. Gran parte es un terrible lastre post moderno; pero también cuestiona ese tipo de rigidez y estancamiento de la educación en esa actitud en la que solo se forma un tipo de ser humano: el sumiso.

Como todo en la historia de este país, una cosa es la que se dice y otra la que se hace. Por tanto, la parte más bonita de esa bibliografía anti conductista no pudo hacer carne en lo que llevaba de condena en el aula seis.  

Asistimos a clase peinaditos y vestiditos para que no se note que cada día en el espejo vemos al perro de Pavlov. La educación liberadora, revolucionaria y descolonizadora se ocupa de esconder las colas de ratas skinnereanas, insinuando, sugiriendo, controlando, puntualidad y asistencia obligatoria.

Yo estuve orando en mi interior: “oh, bendito país socialista, de vida democrática, por el cual mi padre peleó contra la dictadura. Y yo con toda mi generación marchamos el 2003, haciéndonos encanar, sin motivo, para preocupar a nuestras familias peleando por un país mejor, ¿por qué replicas las relaciones de opresión de la empresa de un país industrializado del viejo mundo que requiere del obrero su esclavitud de 8 a 12 de la mañana y de 2 a 6 de la tarde, donde el obrero, para poder darse un objetivo de vida cumpliendo con el sangrado deber de llevar pan a la casa, hace el trabajo para que el dueño del capital se enriquezca, así como el estudiante, en la ilusión de aprender, cumple con un deber absurdo para que su maestro pueda cobrar su sueldo?”.

Pero traté de acomodarme. Me llaman la atención dos cosas. Una, es la psicología de los maestros, la cual podría resumir en tres puntos: 1. Quienes llegan al aula a contar sus problemas personales, haciendo un espacio de distención psicológica. 2. Las de autoridad excesiva que acuden solo por la sensación de poder que el aula les provoca. 3. Quienes realmente tienen una vocación y relación con el conocimiento y que son las que más motivan.  

La otra cosa que pude observar es esta: Si hay algo interesante en la mentalidad del maestro es la idea acerca del tiempo. Aquí debo hacer una diferenciación entre el tiempo subjetivo y el tiempo concreto.

Vayamos primero por el tiempo concreto. Entendemos que el tiempo es una convención. ¿Qué es lo que hace que el tiempo exista? El suceso. Si el sol no pudiese salir consecutivamente y cumplir su ciclo, no tendríamos idea de lo que es un día. Como raza humana, en nuestro paso por diferentes culturas, hemos tratado de entender el universo con base en sistemas matemáticos y cálculos que nos permitan, más o menos, con exactitud, determinar cosas y ayudarnos a vivir con ese conocimiento, y así favorecer nuestra estadía en este mundo.

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Si hay algo interesante en la mentalidad del maestro es la idea acerca del tiempo. Aquí entrarían las nociones de tiempo subjetivo y tiempo concreto. / Fotografía: Archivo.

A la sociedad de la revolución industrial, el cálculo de cada minuto le valía muchísimo, porque apenas se inauguró la producción en cadena se podía contabilizar el trabajo de un obrero por la cantidad de piezas que pudiese ensamblar, de tal forma que fuera mecánico, monótono y además susceptible de contabilidad, tanto en resultado físico como de tiempo.

Con los años, se fueron cumpliendo sagradamente horarios de oficina y empresa, dando origen al mecanismo de la vida en las ciudades como la conocemos y a la gran enfermedad del siglo XX: El estrés; como el de los atolladeros de automóviles trasladando gente de un lugar a otro, tratando de llegar a tiempo, todo el tiempo.

Es ahí donde el tiempo concreto pasa a ser tiempo subjetivo. En este siglo XXI, el rigor de los empleos ha disminuido con base en relojes más individualizados de producción, o por lo menos esa es la tendencia. Es decir, el tiempo se ha pluralizado, al igual que muchas cosas. La pandemia mundial ha ayudado a este proceso con el llamado teletrabajo.

Un ejemplo de la subjetividad del tiempo y su relación con los resultados de la actividad humana podría ser Kasparov contra Karpov. Veamos esta cita del diario El País: A Karpov le gusta dormir hasta muy tarde, generalmente hasta mediodía. El reglamento de la competición prevé que las partidas deben comenzar a las cinco de la tarde. Es una norma incluida no hace mucho tiempo, y los partidarios de Kasparov entendieron en su día que se trataba de una decisión del presidente de la federación mundial, el filipino Florencio Campomanes, para favorecer a Karpov”[1].

¿A qué me refiero con esto? A que nuestro sistema educativo está ahora cimentado en la idea de que una hora es exactamente igual a otra. Y en teoría y concepción lo es. Ambas constan de 60 minutos y, por tanto, la carga horaria académica es la misma para todos, estudiantes y maestros.

Las cuatro horas diarias en que los estudiantes sacrifican el trasero por el país en pupitres públicos o privados son las mismas; y el Estado, como máquina industrial de principios del siglo pasado, piensa que el resultado de cada niño o joven será el mismo. La hora de actividad mental de Kasparov o Karpov es una hora cualitativa de tiempo por los resultados a conseguir.

En una entrevista, Salazar Mostajo dijo a Mariano Baptista que nadie podría comprender la experiencia de Warisata. A nadie le podía caber en la cabeza que carecía de horario, vacaciones y recreos. De seguro tenía la finalidad de que estos tres conceptos fueran la misma cosa: recreo, vacación y conocimiento. Ahí tenemos la escuela ayllu como uno de los pilares de nuestra educación.

En “Zedar de los espacios”, un poema épico de ciencia a ficción de Ramiro Condarco Morales, se puede intuir la tesis de que el único fin del ser humano es aprender. Incluso si tuvieras todo el tiempo del universo a tu disposición, no podrías saciar esa necesidad. Por tanto, aprender es una actividad permanente e indiferente. Si aprender es la máxima cualidad humana, entonces es intrínseca, es decir, carece de relación laboral de producción y es más bien una actividad de solaz y creatividad.

Ahora bien, si algo puede darnos idea de la concepción subjetiva del tiempo, o tiempo relativo (a la manera de Einstein), es la música. La música es tiempo. A pesar de que cada minuto sea igual a otro, la música hace que cambie de valor, con intensidades y frecuencias, mensajes y pálpitos distintos. Como las artes, todas, son sincronización con el universo. Cualifican el tiempo. Lo devuelven a su relación primera de concepción, hacen del suceso (llamémosle minuto o segundo), un evento cósmico.

¿Cómo llevamos eso tan bonito a lo fáctico? Me parece que la economía creativa es una gran salida, la compra de tiempo por resultado académico y viceversa. Ojalá pudieran tomarse otras iniciativas como reemplazar la hora académica por el crédito estudiantil. Desde ese punto de vista, la puntualidad parece un invento de los taxistas.

Yendo a la descolonización del tiempo, hace más o menos dos años, llegó una psicóloga argentina con un libro estrafalario que llevaba por tema la “pacha y sicoanálisis”, que tenía mucho de izquierda, que está de moda por allí. Algo así como que la pacha fuera la antítesis natural del capitalismo. Era en síntesis un coctel de materialismo dialéctico freudiano pachasófico.

Como vivimos en la era de la plasticidad del concepto ‘indígena’ y su proyección al concepto ‘pacha’, se convierte en un juguetito maravilloso para que un hippie y neo hippies laven su conciencia histórica, fotografiándose con la primera alpaca que encuentran en su camino.

Los españoles evidentemente llegaron, a esta parte del mundo, violenta y ambiciosamente. Con ellos perdimos muchas cosas; pero hay algo a lo que no llegaron y es “a la conquista del tiempo”, de nuestro tiempo subjetivo. El tiempo es lo más puro que existe en nuestras mentes post colombinas. Porque el sol sigue saliendo y cumpliendo su ciclo.

Vale decir, que el suceso cósmico no ha cambiado, nuestros ciclos ancestrales no han sido alterados. Cambiaron códigos, pero ritos, mitos y ritmos se han mantenido, porque el ciclo agrícola se ha mantenido también.

La sacralidad del tiempo hace que lo subjetivo para los andinos esté sujeto a momentos y no a minutos. Por eso cuando nos invitan a una boda, tratamos de llegar siempre al mejor momento y no en la hora correcta. La subjetividad de nuestro tiempo es así. Esto lo explica mejor Josef Estermann al final de su libro Filosofía Andina, que también forma parte de la biblioteca sugerida por el ministerio de educación, pero como es parte de una biblioteca oficial, obviamente, nadie lo lee.

No es que sea un pretexto para la impuntualidad, sino que me parece bastante inocente de parte de directores y maestros pensar que van a erradicar una de las principales razones de nuestra identidad, plantándote a cantar el himno nacional cada vez que llegas atrasado, lo cual no solo provoca un odio a tu almohada y a tu patria. Ya lo hicieron con mis abuelos, con mis padres, conmigo hace veinte años y lo hacen ahora. ¿No debería probarse otra cosa?

También es inocente de mi parte pretender que esa tradición cambie. Es el juego del perro y el gato. Es un pugilato de inactividad e inmovilidad. Un estancamiento social en el cual nadie quiere ceder. El tiempo institucional de nuestra educación es un tiempo en contra sentido cultural. Y debiera reflexionarse, sobre todo hoy, que la pandemia nos obliga.

Otra idea que me parece interesante, dentro de la concepción abstracta del tiempo, es la que tienen los maestros acerca del futuro. Durante el tiempo que estuve en la Normal, vi que hay una obsesión por el tiempo futuro y un menosprecio del presente.

Desde luego, la subjetividad del tiempo también hace que el futuro tenga una percepción distinta en cada uno. Pero en los maestros es casi siempre uniforme. Esto tiene que ver con la concepción arquetípica del ser humano.

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Uno de los problemas en las aulas (tanto de estudiantes como de profesores) son las corrientes obsoletas y los modelos descontextualizados. / Fotografía: Archivo.

Al proceso de la formación del ciudadano boliviano no le interesa la pluralidad. Voy a ejemplificar la clasificación de las personalidades.

Una primera clasificación es la sexual, por la cual se distinguen a hombres y mujeres. Clasificación que, por más básica que nos parezca, hoy mismo está en discusión conceptual. La educación solo quiere: hombres de bien y mujeres de bien. Hombres de traje y portafolio para ser íconos pintados en puertas de baño; y mujeres de arroz con leche que sepan, bordar, coser y abrir las puertas para ir a jugar.

Una segunda clasificación es el horóscopo. La pongo de ejemplo, para ver como el arquetipo de las personas ‘de bien’ puede nublar la idea de construcción de sociedad. Existen solo doce clases de personalidades que están dispuestas por los astros y esto escapa del control de nuestro destino. Vale decir que, si naciste el 30 de febrero bajo el signo de la vizcacha, tienes como característica tener espíritu de abuelita, brindas amor y buñuelo a todos los niños del mundo, pero que si naces el 31 de febrero, bajo el signo de la cotorra, te conviertes inmediatamente en un hijo de puta.

¿A qué va el ejemplo? A que la educación, al querer formar el arquetipo, posterga toda intención de plenitud del estudiante real del tiempo real, del ahora: “cuando ustedes sean mayores, serán…”. Declarando inmediatamente: “Nadie es”.

Toda voluntad está menospreciada por la intensión determinista de que todos sean personas ‘de bien’ para nuestra sociedad. Es decir, un inevitable destino del cual ninguno de nosotros deberíamos escapar, entendiendo a hombres y mujeres ‘de bien’, como estas personas sumisas; por tanto, con una sola conducta (conductismo ¿sigues ahí?).

Hay otra clasificación, esta es la de “inteligencias múltiples” de Howard Gardner, que serían destrezas según desarrollo y predisposición. Esta quizá tenga mayor vigencia que las anteriores, pero es la que menos atención tiene.

Ahora veamos otros tres aspectos: ¿Cuál es el arquetipo?

Si nos pusiéramos a hacer un dibujito de cuál es la persona ideal que construye la educación boliviana ¿qué tendríamos?

Pongamos que este dibujito lo hacen el exdirector de la Normal de aquellos años, mi niño interior, un(a) niño(a) cualquiera y un funcionario entendido en la ley 070.

El exdirector, seguramente dibujaría un tipo con pantaloncito y camisita bien planchados, cantando ocho horas al día el himno nacional, todo pasposo, por hacerlo cara al viento y al sol, de manera disciplinada; un ser humano que necesita que su país aumente la producción de crema de lechuga. Como muchas personas, el este señor se dibujaría a sí mismo.

Mi niño interior dibujaría una persona con una larga capa plateada, cabello verde, cuerpo hecho de lluvia y sin zapatos.

Ahora están las descripciones de las personas que más nos interesan. El funcionario de ley 070 entregaría el dibujo en último puesto, es más, quizás no podría dibujar a un ser despatriarcalizado, descolonizado, plurilingüe y multicultural. ¿Cómo se dibuja eso? No podría, porque ese arquetipo no existe. Es la construcción mutante del espíritu de postmodernidad que inunda y rebalsa nuestro desayuno escolar. Imagino que en Estados Unidos cuando tenían la necesidad de ese ser humano empezó a circular la historieta de Superman. Y la ley 070 es la búsqueda del ‘Pluriman’.

La construcción del estereotipo ha producido dos cosas: la primera, la repetición del mismo estereotipo o su figura antagónica inmediata. La segunda, la frustración que representa no poder cumplir con el perfil.

El niño o niña, poniéndole en claro que debe dibujar solamente a una buena persona, dibujaría, o reconstruiría, su primera referencialidad, sus padres.

Si tenemos inteligencias múltiples lo más probable es que a temprana edad ya tengamos una vocación marcada por varios factores y libre predisposición natural hacia determinadas actividades. De acuerdo con esa aptitud uno va buscando sus referencialidades. Muchas veces van a contradecir al arquetipo.

Por ejemplo, coincidimos en que Jaime Sáenz es uno de los puntos más altos de la literatura boliviana. Pero si preguntamos al ex director si le gustaría que su estudiante dibuje como una persona ‘de bien’ a un majareta semivampiro, como era Sáenz, como principal referencialidad de la bolivianidad que se quiere construir, de seguro diría que no.

Al exdirector le interesa que todos canten fuerte el himno nacional mirando un mástil. Le interesa que el niño se contemple en el mástil hasta ser el mástil. Eso le interesa al maestro tradicional, la improductividad patriótica.

Aquí encuentro un gran problema con el sistema educativo y nuestro imaginario colectivo: No hemos sabido construir nuestras referencialidades. Los niños crecen imitando a los futbolistas fracasados de la selección boliviana, y en el completo desconocimiento de nombres como Eduardo Mitre, Erasmo Zarzuela, Betzabé Salmón, Liliana Colanzi por solo decir algunos, y entender que esas referencialidades de los puntos más altos de nuestra cultura nacional (así como otros representativos de nuestra historia y de nuestra actualidad) están plenos de humanidad, hechos de realidad. Realidad que casi siempre es anti arquetípica. Esto construye una imagen real de objetivos logrados, no se pierde en la vacuidad ilusoria de un futuro inalcanzable y ayudado con la cultura pop en el mundo, que también hace lo suyo y con presupuesto propio.

Bien, ¿cuál es el antagonista estereotípico? Para identificar antagonismos debemos definir claramente a cada uno de los ejemplos anteriores.

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Con los años, se fueron cumpliendo sagradamente horarios de oficina y empresa, dando origen al mecanismo de la vida en las ciudades como la conocemos y a la gran enfermedad del siglo XX: El estrés (…) atolladeros de automóviles trasladando gente de un lugar a otro, tratando de llegar a tiempo, todo el tiempo. / Fotografía: Archivo.

El exdirector representa a la tradicionalidad en el magisterio boliviano. Mi niño interior es mi realidad subjetiva no lograda. El o la niño o niña que dibuja a sus padres, la educación natural perceptiva. El funcionario, el sistema oficial de educación.

La tradicionalidad genera dialécticamente anti tradicionalidad. Aunque estoy en desacuerdo con muchísimos preceptos de la ley, y sería realmente largo de charlar, ella representa esa anti tradicionalidad. Pues ha sido hecha por intelectuales que en su mayoría no han pisado aula como maestros. Es una batalla entre Godzilla y King Kong. Dos monstruos, horribles cada uno, que van destrozando todo mientras pelean.

Al hacer las prácticas educativas pude ver que aunque el nuevo sistema (que ya no es tan nuevo porque tiene casi diez años, con motivaciones ideológicas de hace treinta), realmente representa una novedad. Es decir, que los maestros de este país están siendo formados para educar a niñas y niños de 1990, mientras que en la realidad de las escuelas está enseñando hoy, como debiera educarse a los estudiantes en 1970.

Si no fuera por la pandemia, no hubiéramos podido pisar tierra. Ni siquiera estábamos en el tiempo concreto correcto. Nuestro tiempo subjetivo es incongruente, 1970, 1990, 2020. Tres tiempos unísonos en subjetividades diferentes.

¿De qué está compuesta la tradición? Fácil, gremialismo sindical, estructura social de prestigio y actividad retrograda. Sobre el gremialismo sindical creo que sobran las impresiones. Sobre la estructura social, que poco vemos o no queremos ver, están justamente las maneras de vestir, los mundillos de envidias entre maestros que existen, me imagino, en todas las actividades humanas. ¿Por qué importa tanto que usemos el uniforme?, porque un grupo de viejitas asisten al desfile y critican las medias corridas de las estudiantes. Nada más. El prestigio social es parte de esa tradición, que se exige a sí misma que se repitan sus propios ciclos de modos, y hasta de peinados, más que de asuntos propiamente educativos. Sobre las actividades retrogradas voy a limitarme a decir que son todas esas que están cargadas de falsedad y que tienen como ejemplo la hora cívica, donde no se canta, sino que se hace fonomímica.

La hora cívica está vigente todos los lunes en la Normal. Me puse a pensar, hasta hacer una conjetura. Yo imagino su origen en la época de María Josefa Mujía (seguramente coincide en Latinoamérica), que reunía a gente para recitar y cantar canciones patrióticas recaudando fondos para la guerra del Pacífico: veladas artísticas de la sociedad pudiente. Los maestros de la época seguramente querían replicar en los colegios las buenas costumbres de la gente civilizada en su bohemia de champagne. Un intento de ascender a un pueblo salvaje, a la hipocresía de alcurnia. Por eso el patrioterismo no es una condición cívica, es folklore.

¿Qué genera la postergación de futuro? Pues que se queda en el imaginario, porque nunca fuimos un país, sino que ‘seremos’. Es un país ahogado en la probabilidad. El país del quizás. País del presente devaluado. Nunca un estudiante es valioso por su propia definición de sí mismo, sino en la definición de la que el sistema le hace dependiente. Tenemos la frustración a flor del suelo.

La construcción del arquetipo sin referente da este clima de insatisfacción que más tarde es insatisfacción social e insatisfacción política.

La educación basada en el tiempo institucional hace que nunca cumplamos metas. Toda visión de futuro pasa por borrar los esfuerzos inmediatos anteriores, de tal modo que siempre comenzamos de cero. Los referentes están nulos y, por tanto, nuestro dibujo es el de un país huérfano, sin referencialidad inmediata.

Recuerdo que cuando murió Ramiro Condarco Morales, a quien hemos nombrado líneas arriba, se hizo un velatorio por Michael Jackson, cuya muerte coincidió con el pensador orureño y boliviano.

Esto revela la realidad de la que hablo. Estamos tan hambrientos de ese referente y, en esa concepción de postergarnos mentalmente en el imaginario colectivo, que hemos destruido lo mejor de nosotros, anulando nuestra propia referencialidad.

El futuro ha llegado a nosotros, por fuerza de necesidad, con la pandemia, haciéndonos reaccionar frente al mundo tecnológico que nos brinda conocimiento a borbotones y deja relega al maestro a la tarea de poder encaminar la dilucidación de esos contenidos y a forjar la voluntad de aprender que en muchos casos se deja por pereza.

Cuando hablamos de puntualidad, les recuerdo que estamos llegando treinta años tarde a nuestra responsabilidad histórica. La ley ha indefinido el arquetipo. La fuerza tradicional se aferra a sus modos. ¿Qué espacio dejan para aprender y para enseñar? Desde luego, la golosina del conocimiento y el aprendizaje sigue estando en el recreo.

Sé que es difícil entender algunas cosas que he dicho y, como he abierto este escrito con referencia a una película, cerraré con otra, para hacer las cosas más simples. Bastaría con ver Matilda con mayor atención. ¿O es que soy yo quien no entiende porqué Tronchatoro sigue presente en mi vida? Adópteme, maestra Miel.

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