Mi tío

Beiby Vaca recuerda la vida que tuvo al lado de su querido tío; su tío el famoso, su tío el alma de la fiesta. Pero a medida que va recordando, la imagen de este tío va mostrando sus diferentes capas, desembocando en una conclusión inimaginada en este poderoso texto.

Quiero mucho a mi tío. Es probablemente el más guapo de la familia, además de interesante por su personalidad y su profesión. De hecho, es el que más lejos ha llegado en cuanto a fama, como ministro de un par de gobiernos nacionales.

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Entre los muchos recuerdos que tiene la autora de su tío, uno de ellos involucra a Mario Vargas Llosa comiendo una guayaba.

Es tan guapo y amado que logró que la familia olvide que su esposa era su sobrina. También fue un tema superado cuando se divorciaron. Y recuerdo sentirme feliz pensando que, pese a eso, seguía siendo mi tío. Una persona que quieres cerca, que te hace reír y sentir inteligente. Qué sensación agradable ser familiar de alguien tan reconocido y que además te quiere y disfruta conversar y pasar el tiempo contigo.

“Mi sobrina bella. Mi sobrina amada”. Me dice siempre que me ve.

A mis 18 años, tomo conciencia de su importancia en mi vida. Camino con mi madre por una calle en Viña del Mar y, a un costado de la calle, sobre el suelo, gente vende libros usados. Me agacho al ver un título que alguien me ha recomendado leer: La ciudad y los perros. Al abrirlo, detrás de la tapa, la foto del autor. Mi madre sonríe y me dice: “Ese señor fue a la casa. Lo llevó tu tío, esa vez. Vos le diste guayabas, ¿no te acordás?”

Entonces lo recuerdo. Son mediados de los 80, tengo 8 años y mi tío es cónsul en un país vecino. En una de las ocasiones en que regresa de vacaciones a Bolivia, llega acompañado de un amigo peruano. Tiene que entregar algún recado familiar a mi madre y aparecen en mi casa. Abro el portón y salto al cuello de mi tío para abrazar su sonrisa. De su acompañante solo recuerdo que al salir de casa, junto al portón, y mientras mi madre los despide, levanta la vista y admira las guayabas maduras del árbol de la esquina.

Más tarda él en desearlas, que yo en trepar al árbol para bajarle unas cuantas. No sé si me agradece con un beso o un apretón de manos, o si solo sonríe. Pero ambos se van. No recuerdo que mi madre me hubiera dicho que era un escritor famoso.

En varias ocasiones y espacios he compartido esa historia y siempre quedo genial, sobre todo desde 2010, cuando al hombre le entregaron el Nobel. Lo que más me emociona del cuento es el vínculo con mi tío, porque tiene amigos famosos en muchas partes del mundo y porque tiene una vida acomodada, la cual incluye ser dueño de unas tierras que en una época abarcaban todo un pueblo. Su hacienda mantiene el nombre de ese pueblo.

Mi memoria vuelve a viajar, esta vez hacia finales de los 90, cuando en esa estancia se celebra una boda familiar. Con mis primos hemos entrado en la adolescencia y queremos estar lo más lejos posible de los adultos. Encontramos un caballo sin montura y alguien pregunta quién se anima a montarlo. Palabras mágicas para este cuerpito con vivencias y algo de experiencia en asuntos rurales. Conduzco al caballo debajo de un árbol, trepo una rama y me dejo caer sobre su lomo. Apenas logro sujetarme a las crines cuando pega el salto y corre desbocado.

Solo guardo una imagen posterior a ese instante: la de mi cuerpo a horcajadas, sabiendo que esa mierda no va a parar. Calculando en qué momento lanzarse, para lo cual se va inclinando hacia el costado derecho, sabiendo que puede acabar aplastado entre las cuatro patas.

Despierto cuando mis primos me palmean y hablan. Volvemos caminando mientras cuentan cómo vieron mis pelos volar y perderse con el caballo a la distancia, mientras hablan de cómo decidieron correr detrás, con la angustia de que algo me pase y les cague la fiesta y sus padres les llamen la atención y acabe muerta, ya sea por el caballo o por mi madre. Yo solo escucho y los interrumpo para preguntar por mi madre, de manera repetitiva, casi incoherente. Ella me encuentra poco antes de llegar, me abraza y putea al mismo tiempo, y me encierra en un cuarto para que no me pase nada.

Mi tío querido no aparece en el cuento del caballo, pero lo recuerdo durante el almuerzo, ese mismo día, coordinando la cocción de un pato bajo tierra, en plan huatia. O algo así. Es el mejor anfitrión y todo mundo está feliz.

Durante años no nos vemos, pero mi amor por él sigue intacto. Sigue siendo mi referente e incluso elijo estudiar Comunicación Social, como él.

Llega el fin del siglo. Tengo 24 años y voy con una caravana de artistas y periodistas por el país. Cuando estamos cerca de las tierras de mi tío, lo llamo y desde su casa en la ciudad, él coordina un almuerzo con locro para mi grupo. Varios se meten a una laguna artificial en construcción y salen llenos de sanguijuelas. Yo también sangro por varios lugares del cuerpo, pero no me duele.

Seguimos el viaje.

Pasan unos meses y una amiga de la caravana me entrega una botella de vino para mi tío, porque lo conoce desde hace muchos años. Lo llamo y me invita a su casa en la ciudad. Llego en mi auto por la noche, entro a su estacionamiento con jardín, botella de vino en mano, subo a una primera planta, él abre y nos damos un largo abrazo.

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“Conduzco al caballo debajo de un árbol, trepo una rama y me dejo caer sobre su lomo. Apenas logro sujetarme a las crines cuando pega el salto y corre desbocado”.

Le entrego la botella y miro los cuadros y fotos en sus paredes. Es tan culto, mi tío, tan viajero, tan elegante, con gustos tan exquisitos, pienso mientras reviso los títulos de su biblioteca. Me siento en la sala y él sale de la cocina y me acerca una margarita en una copa digna de un bar elegante.

Al final del primer sorbo, siento mi cuerpo entumecido, lo miro con extrañeza porque no entiendo nada y todo se funde a negro.

Solo guardo una imagen posterior a ese instante. La de mi cuerpo montado por el cuerpo de mi tío.

Cuando abro los ojos, es de día. Él duerme a mi lado, pero no le veo el rostro. Mi primera sensación es la humedad de la cama porque la oriné entera.

Me incorporo muy despacio, veo mi ropa en el piso y me visto sin hacer ruido. Paso por la sala y recojo mi cartera. Bajo al estacionamiento, que ahora veo tiene árboles y muchas plantas, y salgo conduciendo. Cruzo la ciudad, aunque no tardo más de 20 minutos, llego a casa, me ducho y me voy a trabajar.

Dos días después, mi tío llama al periódico en el que trabajo. Le contesto con normalidad, me dice que se la pasó muy bien con mi visita y que me quiere invitar al espectáculo de humor más conocido en la ciudad.

Acepto.

Al día siguiente, se estaciona afuera de mi casa, en un auto de colección, me saluda con un suave beso en los labios y me toma la mano en varias ocasiones, mientras conduce. Yo solo miro al frente.

Nos sentamos en la mesa de adelante y me siento feliz cuando veo al fotógrafo de Sociales, del diario de mayor tiraje en la ciudad, apuntándonos para registrar nuestra presencia en el show. No cualquiera sale en el diario con su tío famoso.

En el camino a mi casa, él habla solo y comenta el show. Yo solo asiento, refugiada en una media sonrisa. Detiene el auto afuera de mi casa y me pregunta si puede entrar. Le digo que no. Se despide con un beso en los labios y me bajo.

Un tiempo después, me voy del país por 10 años y no vuelvo a pensar en mi tío. Hasta que regreso y lo encuentro en el festejo de la boda de mi prima, su hija. Durante todo ese tiempo es mi amigo en Facebook, aunque nunca interactuamos. En esa celebración me saluda con un abrazo y mi cuerpo se siente extraño. Intento alejarme, pero él se sienta a mi lado durante la comida, y con el dorso de su mano izquierda roza mi pierna derecha.

Entonces me doy cuenta de que ya no quiero a mi tío.

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