Los destellos que salvan de la completa oscuridad

Los lugares nuevos tienden a tener un sabor y aroma que describen perfectamente los recuerdos venideros. Aquella noche, el lugar y la compañía de la buena música dejan entrever a Nueva Orleans, la cuna del blues, levantarse y zapatear con el feeling adecuado para describir las escenas con tintes dulces y brillantes.

Caminábamos por una calle que se llama Bourbon. Me encanta el sonido vibrátil y grueso de ese nombre. Cómo termina-sin-terminar en la ene. Cómo demanda el descenso de la garganta para cerrarse y salir como un murmuro. Bourbon. Caminábamos una noche de marzo, el inicio de una primavera oscura en que había comprendido, por haberlas vivido más de cerca, cosas sobre el mundo. Así de intensa. Era una noche postentendimiento de que no todo tiene explicación y de que, definitivamente, no todo es redimible. Esa era la atmósfera en mi interior: densa y opaca. Esa noche, sin embargo, teníamos pensado ir de fiesta. Afuera de mí, había gente alegre, grupos de amigas en despedidas de solteras, parejas y parejas de parejas, letreros de bares, anuncios gráficos repetidos una y otra vez de la “Hand Grenade”, un cóctel barato verde que, supuse, era muy popular en el lugar. Esta era toda una calle de espacios para divertirse, es decir, alcoholizarse en la penumbra y dar propinas a bartenders escotadas.

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El ir y venir de las palabras, lo que te queda y lo que se va, el compartir la buena música, acuerdos y desacuerdos, opiniones distintas, pero al final siempre te vas con algo / Fotografía: Propia del autor.

La calle Bourbon está en el centro histórico –o quizá es más apropiado decir “turístico”– de Nueva Orleans, en lo que se denomina el “barrio francés”. Habíamos estado ya varios días conociendo la historia de esta importante ciudad. Una que, geográficamente ubicada al sur de los Estados Unidos, había sido el escenario de muchas negociaciones de sentidos sociales y humanos desde su fundación hace siglos. Territorio de nativos –como todo el continente americano antes de llamarse América–, durante la colonia, Nueva Orleans fue ocupada por Francia, luego por España y, nuevamente, por Francia en momentos distintos. Y, entretanto, y posterior a la independencia de la nación, esta urbe fue un centro comercial de esclavos africanos muy activo.

En nuestra breve visita de cinco días, habíamos hecho una sarta de cosas turísticas: tomamos café y beignets (buñuelos) al borde del río Misisipi, el punto clave de ingreso, trata y muerte de personas en condición de mano de obra esclava, y por ese mismo lugar, vimos caballos jalando carruajes para los turistas, una atracción muy común en ciudades promocionadas como “históricas”. Los carruajes son un símbolo fácil de tradición, imagino. Fuimos al museo del Vudú donde se explicaba, más o menos, la relación de religiones y prácticas africanas con lo que se conoció y fijó como magia negra, la cual, se anunciaba en aquella época en que se reprimía, atentaba contra el catolicismo. También fuimos al museo de las Krewe o cofradías del Mardi Gras que serían lo equivalente a las comparsas en Bolivia o a las escuelas de samba en Brasil, donde se mostraban los trajes elaboradísimos, pesados, hechos con piedras de vidrio y lentejuelas, que usaban los bailarines en sus distintos roles carnavaleros. En otro momento visitamos el cementerio donde está la tumba de Marie Lavaeu, ensalzada siempre como la última reina del vudú. Todas estas iconizaciones turísticas me confundían: ¿estaba en una ciudad oscura o festiva?

Esa última noche, recorriendo la calle Bourbon, nos dirigíamos al único bar que tenía música al vivo en la zona turística los miércoles. Nos habíamos fijado en internet, como buenas turistas. Es fácil navegar ciudades con checklists prehechas de dónde ir a comer, qué museos visitar, qué atracciones son gratis y hasta a qué hora es mejor ir a qué lugares. Resulta, por lo mismo, difícil navegar las ciudades en el ritmo del cuerpo propio o de las emociones, o en el ritmo del cansancio o de la suspicacia de que todo esto es una forma de distraerse de lo verdadero.

Pero esa noche, en el bar donde fuimos a escuchar blues al vivo, encontré algo verdadero.

En ese jardín nocturno y techado de siluetas de personas, la luz del bar boceteó dos formas y la melodía les dio volumen. Ella era una mujer negra que, al inicio de la noche, apoyaba su cabeza en la mano del codo que tenía sobre la barra del bar. Vestía una jardinera de jeans celeste y una chaqueta, también de jeans, con retazos de piel de cordero en las costuras. La chaqueta le llegaba hasta debajo de las nalgas. Era amplia, pero su construcción aerodinámica sugería la idea de una curva general, como si esa estructura semi rígida de tela estuviera indiscutiblemente sobre un cuerpo.

Su afro partido en dos dejaba dos montículos de cabello a cada lado de la cabeza: dos nubes de hebras electrizadas que se expandían alejándose de la mujer. Brillaban en chispas esporádicas como alambres delgadísimos cargados de algo metafísico: vida o historia o luz blanca. Su suspensión en el aire era posible gracias a que cada cabello tocaba a otro en algún punto de su longitud. E99n grupo, en masa, se erguían como montañas de ramas grises. En el aire. En la noche.

Cuando la banda comenzó a tocar su blues envolvente, grave y dulce, ella, como hechizada, como si se derramara a la par de la melodía que salía de los instrumentos y de la boca del cantante, se separó de la barra para acercarse al escenario. Un muchacho que había estado junto a ella todo ese tiempo y que yo no había notado antes, caminó con ella.

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Cerámicas, formas, letreros, cualquier objeto que hace revivir ciertos lugares mágicos; aromas que conservas y sabores que están presentes / Fotografía: Ebgundy.

Él tenía la cara redonda, con huesos suaves sobre los que se acomodaba la piel como una manta mullida. Tenía bigote y barba de chivo; ambas cosas se esforzaban, sin mucho éxito, por darle algún ángulo recto a su cara. Los reflectores pequeños del escenario apenas acariciaban ese rostro; difuminado, se diluía perfectamente con el sonido paternal del saxofón.

El cabello de este hombre era tan largo como su espalda, lacio y café, partido por una línea al medio. Una recta blanca tan decisiva que parecía dividir todo el cuerpo hacia abajo; las dos mitades de un hombre que andan juntas.

Bailaron separados en el mismo metro cuadrado. Tenían en común el ritmo musical, pero cada cuerpo lo interpretaba solo. El cantante arrullaba al bar con la vibración maciza de su voz. El sonido parecía resultado del recorrido de una descarga eléctrica que el artista recibía al acariciar el aire; la atraía, la absorbía y esta entraba y avanzaba por las vetas exclusivamente poéticas que tiene la música. Llegaba a la caja toráxica donde, por fin, se expandía. Y esa almohada de vapor se condensaba al pasar por la garganta. Salía de ahí un río melódico, una voz aterciopelada de color azul marino o verde botella.

La mujer y el hombre bailaban como bañándose en la corriente: él movía los hombros y ella daba golpes suaves en el piso con la planta de sus pies. Era posible seguir con la mirada esos impactos y saber que retumbaban en sus rodillas y que la energía sísmica subía a sus caderas, abdomen y esternón. Al llegar a su cuello absorbía, como el cantante, esa carga para hacer algo con ella. Magnificarla, quizá, por alguna lógica propiedad física de las espirales, que recorren cada vello del cuerpo hasta volver al mundo en forma de gozo inenarrable.

Bailaron hasta que la banda dejó de tocar para tomar un descanso. Encendieron las luces del bar y volví a mi cuerpo. Volví a donde estaba. Una ciudad en la que, en ocasiones, se ven almas.

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