Los mandalas de Jung

En Zúrich, el escritor Manuel Vargas conoce “los dos lados de la medalla” de esta ciudad gracias a su colega Franz Hohler. Pero una vez de vuelta en Bolivia, descansando en su almohada de Villa Copacabana, no puede olvidar una fortuita visita a la casa del psicoanalista Carl Jung.

1. De la mano de Franz Hohler

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Manuel Vargas y Franz Hohler con el editor de la obra del boliviano en alemán, en el Zúrich de 1993. / Archivo de Manuel Vargas.

El año 1993, este escritor suizo me invitó por unos días a su casa de Zúrich. (Un año antes estuvo con su esposa en mi casa de Villa Copacabana en La Paz). Franz Hohler va por los cincuenta años y no solo escribe, sino que se presenta en público y hace programas de televisión con sus cuentos-poemas-discursos-críticas. En serio y en broma.

Le gusta mirar y escuchar, preguntar, observar, anotar y seguir escuchando. Si está en un restaurante conversa con la mesera, si en un barco con el marinero, si en el tren con el boletero, si en un acontecimiento de la calle con un transeúnte. Por ejemplo, aquí hay un entierro, muchos autos y gente de terno en el atrio de la iglesia. El muerto debe ser una persona importante. “Sí, era uno de los más ricos carniceros de Zúrich”. “Ah, ¿y cómo ha muerto?” Luego se acuerda de un cuento de J. P. Hebel y me lo cuenta.

Subimos en tren hacia la montaña. Un viajero lo reconoce. Sonrisas, saludos, comentarios. Estamos en una iglesia. “¿Señor Hohler? Se la presento a mi tía”. Cruzamos un puente, llegamos a la estación. “¡Mis hijos, que ya son jóvenes, nunca han visto esta estación terminada. Toda la vida ha estado en reconstrucción”. Y adentro, bajo el gran reloj: “¿Sabías que ese reloj no es suizo sino japonés?”.

Hemos salido de la niebla, estamos camino del Rigi, que es como decir el Illimani en chiquito. Bajamos del tren y seguimos a pie hasta la cumbre con el mar de niebla a nuestros pies. Arriba el cielo azul y algunas cadenas montañosas con nieve, “a la izquierda está Francia, al frente tenemos a Alemania, a este otro lado Austria”. No muy lejos hay dos columnas de humo que parecen brotar de la niebla. “¿Y esos dos humitos?”, le pregunto. “Son dos estaciones atómicas”. Era lo que faltaba para completar el cuadro.

Por la Bahnofstrasse llegamos a otra de las instituciones suizas: sus bancos. Franz me hace observar cómo unos caballeros están sentados adentro mirando unos números, atentos, curiosos, divertidos o desesperados, como ante una película de vaqueros. Para comprender bien esto, uno debe haber nacido en un país desarrollado.

Pero hay más. Un cementerio con la tumba y el monumento de Joyce. La casa donde nació el Dadaísmo, donde vivió Lenin y donde vino a parar Thomas Mann. Y hablamos de Elías Canetti: “Un día nos encontramos en el tren y conversamos. Me mandó luego su libro dedicado; ya está muy mayor, es muy complicado para ir a visitarlo, que utilice sus últimas energías escribiendo, es lo más importante, para él y para nosotros”. Mientras hacemos hora para ver una película mejicana (Como agua para chocolate) vamos a admirar una escultura en una plaza: una compleja máquina de fierros que no sirve para nada. Volvemos y tomamos un chocolate caliente, otra institución suiza, y, por fin, al cine.

Ya en Oerlikon, el barrio donde Franz vive y al que le ha dedicado su último libro de relatos, comentamos con Úrsula, su esposa, las peripecias del día.

Pero aún falta algo importante por ver, y lo hacemos el penúltimo día: el puente a cuyos pies se congregan los drogadictos. Antes de llegar al mismo, lo primero que veo es un carro de la policía y pienso: caramba, justo ahora me quitaron el espectáculo. Llegamos al puente y no distingo nada, cruzamos y recién veo, ahí abajo, a las orillas del río, sobre pedruscos y basura, no a cinco ni a veinte jovencitos, sino a muchísimos más.

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En casa de Franz Hohler antes de ir a la montaña por donde se paseaba Nietzsche. /Archivo de Manuel Vargas.

En corrillos, en parejas, solos, recostados, mirando, caminando. Y a la luz de la tarde, separado de los demás y totalmente visible, veo a uno con el brazo arremangado, en pleno afán de inyectarse con una aguja. Lo hace y yo me rasco la cabeza. “Hace poco ha habido una batida de la policía”, me dice Franz, “por eso hay pocos”. ¿Pocos?, pienso, ¿batida? , y le digo: “No entiendo nada”. Siguen muchas preguntas, él trata de explicarme y mi cabeza sigue dura. “Ya te mostré los bancos de Suiza”, termina Franz; “esta es la otra cara de la medalla”.

Volvemos a Oerlikon, mientras tomamos el mate de las montañas con ganchito azul (para dormir bien), comentamos con Úrsula las peripecias del día.

2. Las Mandalas

De vuelta a La Paz, justo en el momento en que apoyé mi cabeza sobre la almohada de mi conocida cama para descansar del largo viaje de retorno, no sé si dormido o despierto, comencé a recordar y ver rostros y lugares de ese otro lado del mundo donde había permanecido algo más de dos meses. Mi mente comenzaba a elaborar y digerir un sinnúmero de impresiones, no siempre realistas, turísticas o románticas. Cuerpos, rostros, cabelleras, ¿máquinas?. ¿Dónde vi esas extrañas máquinas envueltas en la niebla, suspendidas en el vacío, que se mueven al ritmo de tan particular música de luces? ¿En la televisión, en la fábrica de cerveza Beck’s (Bremen), en la esquina donde mataron a Olof Palme (Estocolmo), en mis sueños circulares, en el lago Zúrich?

Pasaron las noches, siguieron los sueños y las visiones. Yo estaba en el centro de un ordenado laberinto llamado Europa, había una gran computadora que obedecía mis órdenes y mis deseos. Me rodeaban círculos concéntricos y yo apretaba feliz las teclas, también circulares.

A veces no abarcaba todo el laberinto sino solo un fragmento, pero siempre sabía dónde quedaba el centro. Era como un bordado de líneas punteadas moviéndose. Ahora el círculo era Zúrich: un moderno juego musical que Franz Hohler me mostraba. Entonces recordé los mandalas o “círculos mágicos” de Jung.

Antes del viaje le había dicho a Franz que me gustaría visitar el torreón que se había hecho construir Carl Justav Jung en las orillas del lago Zúrich (Bollingen). Era una casa circular, de piedra y sin agua corriente ni luz eléctrica, que se fue ampliando de acuerdo a las necesidades de su dueño. Días antes de llegar a Zúrich, Franz me dijo que la visita a Bollingen ya estaba prevista.

Treinta años después de su muerte, pensaba que el torreón ya era un museo. Pero la cosa no era así de sencilla. ¿Quién iba a saber que Úrsula era psicóloga y estudiosa de Jung? Y, por lo tanto, relacionada con esa casa que no era un museo, sino vivienda de la familia Jung, adonde ella había ido por unos azares de su actividad universitaria relacionada con… En fin, nada de azar.

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El centro de Zúrich, tal como se veía en 1993. / Fotografía: Picasa.

Mientras los tres íbamos en el tren hacia Bollingen, Franz me dijo que teníamos suerte, pues ningún extraño podía ir así nomás a una casa particular a interrumpir la privacidad de una familia. La cosa era así de complicada y así de sencilla.

Tomamos un taxi, el taxista no conocía ningún torreón y a ninguna familia Jung. Como todos esos días en Zúrich, estábamos sobre los cinco y diez grados, la niebla no se animaba a retirarse del lago ni de las colinas. Luego de unas vueltas en falso, divisamos una sombra tras los árboles y al fondo el gris del lago. Habíamos llegado.

Un jovencito, uno de los nietos, estaba en casa con varios de sus amigos. Estaban sirviéndose algo en una dependencia al lado del pequeño patio rodeado de paredes de piedra. Guiados por el nieto, entramos a la primera sala circular, luego a otras pequeñas piezas. Una cama, una vela en su candelero, ropa de jovencito y en la pared un mandala –líneas, colores y formas dependiendo siempre de un centro– cuya parte inferior se confundía con el desorden de la cama.

Frío. Gradas angostas. Una cuerda para sostenerse, otras salas, otros dibujos, el cuarto de estudio-retiro de Jung, sus libros en una repisa cercana al techo, a cuyo extremo había una ringlera de viejas novelas policiales, seguramente lectura del nieto. A Franz le atrajo un papelito pegado a la pared. Era una invitación de Churchill a Jung para asistir a una recepción en Zúrich, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Se cuenta que en esa recepción se sentaron juntos, pero como ambos eran tímidos, se dedicaron callados a comer.

Desde una pequeña altura del patio (todo esto me recordaba a mis percheles de Huasacañada) miramos el lago, luego bajamos y nos acercamos a la orilla, por entre las piedras sobrantes de la construcción. Y aquí estaba también la piedra con palabras en latín que Jung había esculpido. La niebla a ratos se animaba a retirarse del lago, se podía ver algo del horizonte, o tal vez no el horizonte sino el gris perdiendo en su lucha con los rayos del sol, una nueva leyenda del lago. Volvimos al patio y nos despedimos.

Para construir esa casa, Jung se había inspirado en las cabañas africanas, “donde la existencia de la familia se desenvuelve en torno al fuego que está en el centro”. Representan una idea de la totalidad. El torreón “significaba para mí algo así como una morada materna”.

Esa casa puede ser la versión en piedra de su pensamiento expresado en sus textos científicos y autobiográficos. Un pensamiento que buscó la totalidad del ser humano y que abarca no solo la visión europea sino la de los países americanos, africanos y asiáticos. El pasado y el presente, “Parsifal el héroe cristiano y Merlín su oscuro hermano, hijo del diablo y una pura doncella”. La razón y el inconsciente en equilibrio. Viajar en busca del equilibrio, de algún complemento para entrar al círculo mágico de un mandala.

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