Nacer hombre

Enfrentar la violencia y el dolor, propios y ajenos, es la línea que sigue Lourdes Reynaga al reconstruir la narración del otro, entendiendo que a través de él se puede llegar a un autoconocimiento. No solo eso, también se encara y estudia un problema más amplio. En este caso, indagar en la raíz de la violencia masculina y cómo es que esta se normaliza.

“Pronto llegará, el día de mi suerte.
Sé que antes de mi muerte
seguro que mi suerte cambiará”.
(Héctor Lavoe)

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Un gesto de acercamiento al otro contiene una tregua momentánea entre lo masculino y lo femenino. / Fotografía: Lourdes Reynaga.

—Ya. Puedes contar mi historia. Pero no uses mi nombre.

Y sé que no entiendes bien por qué esta necesidad de narrarte, de ir recortando tu historia mediante un verdadero trabajo de corte y confección para poder decir aquello que he leído como trasfondo, aquello que ha estado tan presente para ti que, quizás por eso mismo, nunca has podido ver.

—¿Vas a contar que nací en una cárcel de mujeres?

—No si no quieres. No voy a contar nada que quieras mantener en privado.

—Ya. Puedes contar eso.

Naciste en una cárcel de mujeres. Lo supe porque lo leíste en una clase, hace muchísimos años, durante un ejercicio autobiográfico. Y la docente dijo algo como que ese era un signo, un elemento que podría aprovecharse, que quizás podría escribirse como un juego del destino para que eventualmente contaras que tú mismo te habías convertido en una suerte de prisión para las mujeres. Nos reímos mucho en esa clase, si tan solo hubiéramos sabido...

Por supuesto, como aclaraste en ese mismo texto, en la época en que naciste, el edificio era un hospital que, años después, se transformó en el Centro de Orientación Femenina de Miraflores, un tremendo eufemismo para la crudísima realidad penitenciaria del país.

—¿Tienes recuerdos de tu mamá?

—No muchos, era chico cuando murió.

—¿La extrañas?

—No. Es que como no me acordaba cómo es tener a mi mamá, no podía extrañar nada. Mi papá decía que cocinaba mal, que almorzaban pan con leche condensada cuando vivían, destinados por su trabajo, en centros mineros. Yo me acuerdo que una vez me persiguió con una escoba.

—¿Por qué?

—No sé, no me acuerdo.

—¿Recuerdas algo más?

—A ver… Mi papá dice que ella se inventaba canciones chistosas. Que le salían en el momento.

—Como a vos.

Sonríes: —Sí, como a mí.

No quiero preguntarte esto, porque probablemente no lo recuerdes, pero de pronto es la imagen de tu papá la que me viene a la mente. Estamos almorzando o tomando cafecito y él cuenta que después de haber dejado de verla por varios años, la reencontró por la Montes, bajando distraída. Estaba cantando una canción inventada por ella y él, al verla, no pudo sino sonreír. No lo dijo en ese momento, pero la expresión en sus ojos siempre me pareció la de un hombre que pensaba en alguien que amaba, así, en presente, en alguien que no había olvidado pese al tiempo y a la ausencia. Como si hubieras podido leer mi mente, agregas:

—Yo creo que una parte de mi papá se murió con mi mamá.

***

“Cuando niño mi mamá se murió,
solito con el viejo me dejó.
Me dijo: solo nunca quedarás
porque él no esperaba una enfermedad”.
(Héctor Lavoe)

—¿Por qué quieres contar mi historia?

—¿Cómo está tu papá?

—Bien, está mejor. Aunque no quiere tomar nada para su tos.

—¿Lo ha visto un médico?

—Sí, mi sobrino ha ido a verlo. Le ha recetado varias cosas, pero no quiere tomar nada.

—No va a mejorar si no toma sus medicamentos.

—Sabes cómo es.

—¿Cómo estás haciendo para convencerlo de que tome?

—No sabe, le estoy diluyendo sus pastillas en agua y le digo que es mate o té. “Medio pasado parece que está ese té”, me ha dicho el otro día.

Nos reímos con ganas.

—También me ha dicho que piensa que lo estoy envenenando.

Ninguno se ríe esta vez.

—¿Estás grabando esto también?

—Ya te dije que si tú no quieres…

—Está bien, di lo que quieras, pero no sé qué tiene de interesante hablar de mi vida…

—Hace tiempo que ando tratando de trabajar masculinidades. Hace tiempo que busco casos como el de ustedes, en los que por una u otra razón los hombres han tenido que asumir la labor de cuidado y, bueno, no sé qué tan bien les va en un mundo que los condiciona a suprimir incluso el llanto.

—Yo soy bien llorón, sabes.

—Y yo no lloro.

—¿Vas a hablar de tu tío?

—Hay mucha gente que sigo conociendo de la que podría hablar. Por eso me parece que las estadísticas (poquitas) que hay, están como alejadas de la realidad en este caso.

—Cuando mi mamá estaba enferma, mi papá me llevó al hospital. Cuando nos estábamos despidiendo, me dijo que le dé un beso a mi mamá. Yo me hice a un lado y no quise. Él me quería obligar, pero ella le dijo que me deje nomás. Esa noche lo han llamado a mi papá para decirle que había fallecido.

—Lo siento.

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Una pequeña imagen del ayer puede despertar una dosis paralizante de recuerdos. / Fotografía: Lourdes Reynaga.

—Si hubiera sobrevivido, tal vez nos hubiéramos ido a Santa Cruz y mi vida hubiera sido otra. No sé.

Conozco la respuesta, pero necesito verbalizar la pregunta:

—¿Tu papá no volvió a casarse?

—No. Ha tenido chicas, tenía su pintita él. Pero yo era malo de chico, les hacía maldades.

Estaba comprometido con una chica una vez, una que años antes había sido su alumna, pero no sé qué pasó y ya no se casaron… Después de eso, no le he conocido a ninguna otra…

Guarda silencio y me le quedo viendo. Esquiva, incómodo, mis ojos con un movimiento rápido y la luz produce un reflejo felino en sus lentes intraoculares. Había olvidado que los tiene. Había olvidado que hace mucho me contó de las cirugías en su infancia, adolescencia y juventud. Había olvidado las cataratas, el estrabismo, los meses que pasó en completa ceguera cuando todavía estaba en colegio. Es interesante lo que una llega a olvidar cuando va perdiendo el contacto con las personas. Es complejo imaginar el cuidado que requiere un niño, o un adolescente en recuperación. ¿Hubiera podido el padre manejar ese proceso mientras trataba de construir un matrimonio? ¿Puede él mismo manejar una relación sentimental mientras se dedica a acompañar y cuidar a su papá?

—No sé si quiero que cuentes esto.

—¿Lo de la novia de tu papá?

—No.

—¿Entonces?

—Mi vecino… Se ha alterado conmigo. Dice que lo trato mal a mi papá.

—¿Qué?

—Una vez me ha escuchado reñirle para que tome sus medicamentos. Sabes que es tremendo, que no hace caso.

—Sí. Es como vos… Cuando lo conocí, le tenía miedo, me asustaba cómo te hablaba. No entendía cómo tú no le tenías miedo.

—Siempre nos hemos hablado así.

—Ya. Pero yo no sabía eso.

—Nos queremos y mucho. Yo no podría estar con una mujer que no acepte a mi papá y a mis gatos. Pero estamos acostumbrados a tratarnos así.

—Y ninguna mujer entendería eso… Sí, me imagino.

Creo que alguna vez te lo he contado y te hizo tanta gracia que conseguiste la película para que la viéramos juntos. Ha pasado tanto tiempo que no creo que valga la pena recordártelo, pero cuando apenas comenzábamos los veinte años, una amiga mía solía decir que, si terminábamos como pareja, íbamos a ser algo así como Ladrones de bicicleta, la peli de Vittorio De Sica. Creo que aún ahora sería difícil explicar esta suerte de extraña amistad.

***

“Por eso no me canso de esperar
porque un día Dios a mí me ayudará
y el día que eso suceda, escuche usted,
a todo el mundo yo le ayudaré,
porque tarde o temprano usted verá
cómo el día de mi suerte llegará”.
(Héctor Lavoe)

—¿Puedo decirte algo? —El mensajito me llega después del enlace a un video sobre manejo de cámaras fotográficas. Décadas de conocernos me han enseñado que siempre que comienzas una charla con cosas serias, en lugar de memes, chistes o canciones, es porque se viene una conversación difícil. Asumo que quieres pedirme que no mencione algún tema en particular acerca de tu historia.

—Sigo trabajando en la crónica, así que sí, puedo quitar cosas si no estás de acuerdo.

—No pues, no es eso, es algo personal —el mensaje viene acompañado de una foto de tu gata. Mis ojos recorren con cierta ternura las líneas que se dibujan en el pelaje de la cabeza del animal, es una calicó, una gata tricolor; la última vez que la vi, era apenas una cría de pocos meses que iba camino a la cirugía de esterilización y es difícil creer que es la misma enorme gataza que mira la cámara con aire orgulloso. Sosteniendo su pequeña barbilla, se ven tus dedos y parte de tu mano; asomando apenas por el espacio entre tu muñeca y la manga de tu chompa, se puede adivinar un brazalete tejido con hilo rojo. Es la señal innegable de una presencia femenina en tu vida. Nunca, por ti mismo, usarías ese tipo de accesorio. Pongo el corazón correspondiente en la foto y respondo:

—Sí, claro, sabes que puedes decirme lo que sea —Y siento que un quid pro quo se asoma.

—Busca otro.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—Del tipo que te gusta, del que siempre me hablas.

—¿Por qué?

—Es muy chango.

—Tiene casi mi edad…

—Peor. Entonces es un co.

—¿Co?

—Cojudo, inmaduro en este caso.

—Sabes que te valoro un montón, ¿no? Y en general concuerdo contigo en varias cosas, pero esto...

—Hazme caso esta vez, no seas tan rebelde.

—No sé, che.

—Ese ya es viejo para actuar así, o sea, no va a cambiar… Debe ser peor que yo.

La última frase resuena en mi mente. Solo nosotros comprendemos la tremenda fuerza de esa última oración. Solo dos personas tan deshechas como tú y yo podemos entender bien a qué se refiere. Y es también la razón por la que necesito contar tu historia, explicarla, entenderla. No porque quiera justificar tus acciones, sino porque necesito comprenderlas. Porque en tu historia, en la violencia que impregna tus relaciones y que terminó por conducirte a la cárcel en una época de tu vida adulta, está también la historia de nosotras, de las que hemos tenido que aprender a endurecernos y a lidiar con esa violencia en todos los rubros de nuestras vidas.

Y así, de golpe, pienso en San Pedro y los talleres que coordinamos juntos dentro, en los teleféricos de juguete hechos con cartón que obtuvimos en una Feria del Libro como donación para los niños del penal y que entregamos cuando todavía se permitía a los niños vivir con sus padres ahí dentro; pienso también en lo otro, en las tardes hablando sobre el indulto que, qué mala suerte, no admitía delitos relacionados con violencia, mientras Héctor Lavoe sonaba de fondo anunciando que un día llegaría el día de nuestra suerte, mientras los Vatos Locos pa siempre no pasaban nunca de moda, mientras te abrazaba y Leo Dan se quedaba corto porque ninguno quería siquiera imaginar lo que pasaría si un día nos faltábamos el uno al otro. De golpe vienen a mi mente la celda de R. y las mañanas cocinando, la conexión eléctrica que no era más que un alambre envuelto en un trozo de madera y que chispeó espantosamente cuando intenté conectar la hornilla; el pozo en San Martín, que era religiosamente vaciado y vuelto a llenar por los saloneros y que lo mismo servía para castigar reos rebeldes como para lavar frazadas; los colores de Cancha; las piedritas talladas del Artesano; pero también el registro inmisericorde de las guardias en el ingreso, que revisaban mis pertenencias y registraban mi cuerpo con una minuciosidad que ninguna mano masculina ha conseguido igualar, el sentirme inferior a un ser humano, el tomar pronta consciencia de mi pequeñez, de mi lugar como pariente/amiga de alguien que de pronto estaba en el escalón más bajo que puede ocupar un humano en la sociedad.

Y no te lo puedo decir, porque yo también he perdido mi lenguaje, porque yo tampoco sé cómo verbalizarlo, pero ahí, en esos seis meses intensos, fue que nació la necesidad de contar tu historia, de procesarla y asimilarla con tantas otras. Porque detrás de todo, de una justificación que no es tal, que es más bien algo parecido a la empatía, a entender sin disculpar, se encuentra la complejidad a estudiar y trabajar, el problema estructural y sistemático que nos hace distintos, que me obliga a casi masculinizarme para lidiar con la tremenda violencia del día a día; y que a ti también te priva de la exhibición de emociones que no estén vinculadas con la furia, que hace que solo llores en privado o con personas muy cercanas, que te obliga a contar en clave de humor las experiencias más fuertes de tu vida porque sabes que no debes mostrarte sensible en ciertas cosas. El mismo problema que casi te autoriza a usar la violencia mientras mutila tu acceso a la ternura, que a veces censura el acto inmenso de amor de tu padre al elegir criarte en una sociedad que no lo hubiera juzgado si te dejaba crecer entre sus parientes mujeres y que tampoco puede comprender la falta de dulzura en el trato entre ustedes. La misma falla estructural que hace que yo asuma casi como muestras de afecto (cuando obviamente no lo son) las acciones torpes del chico que me interesa y que a veces apuntan a matar, que en su momento han conseguido hacerme llorar. El mismo conflicto que clama ahora ser visto de frente, estudiado, diseccionado y resuelto. Porque, a veces, solo atravesando el infierno, es que uno aprende a reconocer la paz.

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