Paso tres: escribe

Enfrentada a una página en blanco, Camila Urioste nos narra todo lo que sucede dentro y fuera de su cabeza, mientras llega el impulso para continuar escribiendo el siguiente capítulo de la novela. Un texto de memorias, procrastinación y todos esos inevitables en la vida de una escritora.

Despiertas cada día de madrugada, como si no fuera vacación de verano. Te duchas y haces dos rondas de saludo al sol mientras escuchas a tu astróloga favorita narrando la novela cósmica. No te importa el horóscopo, solo te gusta su acento venezolano. Preparas el desayuno y alistas tu mochila para salir: la laptop, el teclado externo, el cuaderno donde apuntas ideas que vienen cuando estás a punto de dormir. Ideas no, sino descubrimientos: ¡N. mató al teniente! ¡El Emperador entierra a la momia! ¡El quipu es un manual!  

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PORTADA: La página en blanco y las ganas de procrastinar son elementos que todo escritor enfrenta. /Pixabay

Escribes la nota para los niños, que aún no se levantan (desayunen, laven los platos, regreso a mediodía) y les dibujas un corazón. Tomas el vaso térmico y sales. Escuchaste decir a unas compañeras que es de burgueses escribir en un café. Qué dirán las malas lenguas sobre escribir en el área de estudios del centro comunitario, un espacio con sillones, mesas, luz adecuada, enchufes, WiFi, café gratis y paz total. 

Mientras cruzas el estacionamiento, te acuerdas de cuando te levantabas a las cinco de la mañana en el invierno de La Paz y escribías en la cocina, arrimada al horno prendido.

Llegas al centro comunitario, te sirves café, te sientas en una mesa, despliegas la parafernalia de escritora y reproduces en Spotify sonidos de la naturaleza. Tomas un sorbo. Abres el archivo de la novela y te propones escribir. Tienes una idea de lo que debe suceder. Te dejaste instrucciones ayer, antes de terminar: M escapa de prisión. El problema es que te da flojera escribir eso que tiene que suceder. O, más bien, a M le aburre lo que le tienes planeado. Hay algo de la escena que te gusta, que te hace una cosquilla adentro, pero no es precisamente la mecánica de la fuga. La entrada a la escena es por otro lugar.

El cursor se prende y se apaga sobre la página en blanco.

Mientras buscas por dónde entrar, la pantalla de la laptop se oscurece y distingues tu reflejo. Y te parece que no te ves tan mal. Giras la cabeza a un lado. Te ves bastante bien, de hecho. Tu cabello está lindo, cae sobre los hombros alborotado. Una selfie tomada ahora, desde el punto de vista de tu laptop, sería una buena selfie. Digna de Instagram. Podrías ponerla en la solapa de la novela cuando se publique: retrato de la autora en pleno acto de procrastinación. Tomas tu celular y te sacas una selfie. Y otra. Pero no sale igual. No es lo mismo lo que ve el reflejo que lo que ve el lente de la cámara. Borras las selfies, mueves el cursor para que se encienda la pantalla y vuelves a la instrucción que dice: M escapa de prisión.

El cursor se prende y se apaga sobre la página en blanco.

Tomas tu celular para ver la hora, pero terminas revisando Facebook y te enteras de que Salman Rushdie ya salió de peligro y respira solo. Ya habla y hace chistes, dicen, pero va a perder un ojo. Te invade una tristeza profunda. Le pones un emoji de tristeza a la noticia. Te preguntas si Salman Rushdie procrastina.

Vuelves al texto. Lees en voz alta el último capítulo. Te acuerdas de la última tertulia a la que fuiste, antes de la vacación de verano. Un escritor leía fragmentos de una novela inédita. Sus oraciones estaban construidas como frases musicales, con una arquitectura sencilla y perfecta. Cuando invitaron al público a hacer preguntas, te quedaste callada a pesar de que tenías miles de preguntas. Te arrepientes hasta el día de hoy. Al salir de Dey House, tomaste un Uber. El conductor se llamaba Ali. Parecía emocionado. 

—¿Acá es el Club de Escritores de Iowa?

Quiso decir el Taller de Escritores de Iowa, el programa de Maestría en Escritura Creativa en Inglés más prestigioso de Estados Unidos. Pero a veces parece un club, así que respondiste que sí.  

—Yo también escribo —dijo— . Pero nunca he publicado. ¿Tienes idea de cómo publicar?

—Creo que hay que conseguir un agente.

—¿Y sabes cómo se consigue?

—A un agente no lo consigues. Él te consigue a ti —dijiste por decir algo, porque, en realidad, aún no sabes cómo funciona.

—Ah.

—¿Y qué escribes?

—-Soy pastor. Escribo sobre liderazgo. Sobreponerse a los obstáculos. Levantarse de las cenizas. Resucitar. ¿Y tú?

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“Retocar lo ya escrito es una forma de evitar escribir lo nuevo sin sentirte culpable”. /Pixabay

—Escribo manuales —respondiste.

El cursor se prende y se apaga sobre la página en blanco.  

Terminas de leer en voz alta el último capítulo. Arreglas un par de oraciones. Eso te hace sentir bien. Te hace sentir útil. Retocar lo ya escrito es una forma de evitar escribir lo nuevo sin sentirte culpable. Pones tu celular en modo avión y activas el temporizador para que suene dentro de 45 minutos. Vas a concentrarte, ahora sí. El tiempo es la clave. El tiempo. El tiempo es siempre la clave. De pronto, te acuerdas algo que te contó un hombre hace años en un bar en La Paz. Tenía ojos muy azules. Se veía borracho.

—Tú eres la hija de Marcelo, ¿verdad?

—Sí.

—Yo lo conocí a tu papi. Trabajaba en Proaudio cuando él vino a grabar su disco. ¿Qué año era?

—1995.

—¿Y cuándo murió?

—El 97.

El hombre te miraba con lágrimas en los ojos. Tomaste un sorbo de cerveza y te preparaste para lo que el hombre quería contarte. Preparaste tu corazón.

—Era impresionante tu papi. Llegó con cuarenta canciones, los arreglos, todo lo tenía escrito. Contrató el estudio por dos días. Nosotros no manejábamos ese ritmo. Estábamos acostumbrados a grabar una y tomarnos una chela, grabar un par y tomar un descanso, fumar, lo normal. Pero tu papi no. Terminábamos de grabar una y ya se estaba alistando para la otra. Aunque se notaba cansado. Sudaba. Yo pensaba tal vez era por la altura, cantar a 3600 metros no es chiste. 

—Para entonces solo le quedaba un pulmón.

El hombre tragó saliva y miró sus manos. 

—Yo no sabía. Sabía que estaba enfermo, pero no sabía detalles. Me acerqué a él al terminar la quinta canción y le dije: Hermano, una chelita nos tomaremos, pues, nos daremos un descanso. Y tu papi me miró bien de frente y me dijo, con su voz temblando, me dijo: “Hermano, yo no tengo tiempo”.

El cursor se prende y se apaga sobre la página en blanco. 

De pronto ves la escena. M inhala. Empiezas a escribir.

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