La patria de los hombres

¿Cómo es que hacer el servicio militar te hace más hombre y mejor patriota? Nilton Ángelo nos cuenta su experiencia con el premilitar y sus recuerdos de cómo hombres mayores recordaban sangrientos “jaripeos” como prueba absoluta de su devoción a la patria y la firmeza de sus masculinidades.

Como tantas otras familias bolivianas, nos reunimos para almorzar. La modernidad, con sus celulares entre bocado y bocado, no está tan presente porque hay otro dispositivo que todavía pelea su lugar en nuestro hogar: la radio. Como parte de una tradición familiar oímos radio Panamericana. Esperamos los conciertos de música clásica, que es lo más adecuado para almorzar según mi papá, pero, antes de comer y conversar, nuestra memoria histórica debe picarnos como locoto con pepa: “Bolivia escucha el llamado del mar (sonido de olas) ...el mar, océano Pacífico, Antofagasta, nuestra respuesta al usurpador, volveremos a los puertos del progreso”. No queda más que alimentar la nostalgia, luego que cumplí mi parte para recuperarla desfilando por 16 años. Ahora que ya no desfilo, ocasionalmente me pregunto: ¿Qué será de la patria, no?

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La idea de que la patria la hacen los hombres duros ha sido sostenida en los intensos entrenamientos militares de los cuarteles. /Freepik

Los días patrióticos traen consigo banderas, uniformes, estandartes, fusiles, soldados y “precos”, también trancaderas, comiditas al inicio y al final de los desfiles, al Presidente y a los ciudadanos que buscan aplaudir o ajusticiar con gritos cuando desfila alguien que no les agrada.

Hace poco pasé por la plaza 25 de Mayo, en Sucre, y pude ver un desfile de “precos”, aquellos prototipos de militares, con fusiles tan antiguos como la guerra del Chaco, de esos que los soldados enterraron en sus casas después de luchar contra los “pilas” y los mismos que desenterraron para la revolución del 52. Claro que estas armas son las que el Estado pudo recuperar, por si acaso se venía otra guerra. Al verlos uniformados, algunos con esa sonrisa burlona, otros con la seriedad propia de un militar hecho y derecho, y algunos con miradas tan rígidas como solo se puede conseguir en los traumas del campo de batalla. Mirándolos me pude ver a mí mismo y recordar qué es el “Ejercito de Bolivia, forjador de la patria”, o al menos recordar que ese era el lema que los representa y que durante mi paso por su patio de honor aprendí a las buenas y a las malas.

Un lugar para encontrar a la patria, es sin duda, el cuartel. Todo aquel hombre que ingresa aprenderá qué es la patria como lo aprendí yo. Aunque es curioso, y espero que no les suceda a todos, yo no recuerdo la patria si no es acaso en el dolor de mi cuerpo, en el “jaripeo”, pan de cada día. Claro que los himnos retumban en mi cabeza, pero solo como golpes auditivos. Ya olvidé las letras que aprendimos a base de trípodes y “abonando”. O la instrucción militar que también tenía la misma metodología de enseñanza. Me imagino que hay una lógica muy particular ligada a un conductismo radical, no muy alejado de la película La Naranja Mecánica, porque cuando escucho un himno mi cuerpo automáticamente asume que debe marchar. El himno nacional es para mí lo que fue Beethoven para Alex, el protagonista de la película.

Considerar a los “precos” como prototipos de militares pasa porque no llegamos a sentir la vida militar como lo haría un soldado durante el día, la noche y las madrugadas y madrugadas por venir. Cuando me llegó aquel momento de ingresar al servicio militar, me preguntaron —tal vez como a muchos les hicieron sus padres, hermanos, tíos, profesores, compañeros, vecinos y cualquier hombre interesado en comprobar nuestro interés de volvernos “hombres”— si haría premilitar o iría al cuartel. Esta relación entre ser hombre e ir al cuartel fue algo muy presente y que presionaba constantemente en mi masculinidad. Preguntarse por qué uno se hace hombre en el cuartel y no en el premilitar fue una piedrita dentro de mis botas, esa molestia de caminar por la vida y que te jode no hacerlo bien.

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Aún hoy se considera que el servicio premilitar “te hace menos hombre” que el servicio militar por los diferentes niveles de dureza y adversidad que experimentan quienes acceden a estas experiencias. /Bolivia.com

El servicio militar no solo “forja el carácter”, sino también nos hace “hombres” para la patria. Pero es inevitable pensar que, si el cuartel hace hombres y el premilitar no, entonces: ¿los que no somos hombres hacemos patria?

¿Alguna vez se pusieron a pensar cómo se hicieron hombres? Puede ser una tarea complicada e incluso peligrosa si llega a desacomodarnos la realidad en la que vivimos. Para algunos será más fácil que piensen cómo llegaron a ser “hombres”, pero para otros no. Recordar cómo me hice “hombre” sería un proyecto apoyado por un equipo, contando con un biógrafo que me relate, un psicoanalista para hacer un hilo de traumas, mis profesoras de primaria y un estadístico que haga tortas y proyecciones de mis fluctuaciones masculino-femenino. Si tuviera que elegir una forma para sistematizar mi historia, la construiría a partir de dos ideas apropiadas de lo que dice Elizabeth Badinther en su libro XY. La construcción de la Identidad Masculina, donde menciona tantas, pero tantas cosas teóricas, bien bonitas a la vista académica, pero jodidas al interpretarlas en la vivencia popular.

La primera idea considera que el hombre se construye “en oposición a”, es decir que “soy cuando no soy”. Soy hombre cuando no soy niño, mujer u homosexual, la cual yo cumpliría enmarcado en la forma más “popular” de pensarlos y pensarme al ser adulto: tener pene y ser heterosexual.

La segunda idea son los pasos rituales, mediante los cuales un hombre debe someterse para ser considerado como tal. “Voluntariamente” asumimos aquellos pasos para que a la vista de los demás seamos vistos como hombres. Estos son tres: a) el niño debe ser separado del mundo femenino de manera simbólica, porque aún los cuidados de crianza se suelen mantener; b) el niño debe aprender cómo funciona el mundo masculino, que nos puede enseñar un hombre cercano o también nuestras madres, por ejemplo, cuando no nos dejan entrar a la cocina porque ese es el trabajo de las mujeres; y c) el niño debe probar que ya no es niño sino un hombre, lo cual es una prueba dramática y pública, como la circuncisión, las peleas a puño limpio, los saltos de gran altura, o cualquier otro que podamos imaginar en nuestros espacios.

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“Es inevitable pensar que, si el cuartel hace hombres y el premilitar no, entonces: ¿los que no somos hombres hacemos patria?” / EaBolivia

Me animo a superponer esta propuesta teórica sobre la película de 300, donde Leónidas, para ser llamado rey, fue alejado de su madre entre llantos y lo llevaron a un lugar de entrenamiento militar llamado Agogé. Finalmente lo dejan solo para luchar contra la naturaleza, representada por un lobo sacado del Averno. Ahí está, clarito, los pasos rituales.

Por otro lado, en mi vida aquel proceso no fue tan hollywoodesco, incluso llegó a ser imperceptible. El alejamiento de lo femenino fue muy borroso, porque creo que se redujo a mi expulsión de los “espacios femeninos” en casa. Luego vino eso de transferirme al mundo masculino y aprender lo que debo hacer como hombre, aprendiendo lo que no hace uno. Es algo así: no debes jugar a las ollitas, tampoco básquet, ni saltar la soga o con muñecas. Y entre tantas cosas, la clásica premisa ontológica de la masculinidad: “¡No llores!”. Por último, la prueba dramática tendría que haber sido el servicio militar, pero como ya aclaré, fui “preco” y entonces mi prueba no “jalaba de entrada”. Tal vez si me hubiera probado en el cuartel hubiese sido más espartano.

El premilitar no es tan épico. No se escribirá una epopeya del “preco” Ángelo que intentó hacer patria haciendo “plantones” y así preparar el terreno donde “abonó” para hacer florecer la patria en el patio de honor del RI-2 en Sucre. No se escribirá sobre la vez que se hizo dar un sopapo, con una mano curtida y con un anillo de oro y un detalle en muy alto relieve, por preguntar ¿otra vez? cuando le tomaban la primera foto y quiso confirmar que la orden sea para él, la orden de “Vuelve a pararte para sacarte foto”. Ni cuando lloró en la ocasión en la que un suboficial le dio una estocada el pecho con un palo, doliéndole más que el golpe, el saber que la ayuda que brindó junto a un grupo de “precos”, de realizar la transcripción de datos personales de los premilitares de la compañía, necesarios para que burocráticamente puedan licenciarse, no sea considerada, especialmente cuando un arrebato de ira fluye por las estrellas de su rango hacia sus manos. Ni cuando...

La afirmación popular de hacer “hombres” en el cuartel y en el premilitar conlleva a pensarlos en más y menos hombres. Alrededor de 15 años después de hacer mi servicio premilitar, aún retumban las afirmaciones de los hombres adultos de aquel entonces, señalándonos en la calle y diciendo: “En el premilitar ya no les enseñan a ser hombres como antes. Antes no había derechos humanos, ahora es cualquier cosa. Cuando yo fui al cuartel nos pegaban con ‘verga de toro’ o nos jaripeaban hasta sangrar”. Es muy curioso el cómo recordaban la sangre como un grandioso logro. Si la letra entraba con sangre, ¿por qué no la patria?

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Si cambiamos la forma en que percibimos a las masculinidades, ¿cambiaría eso nuestra manera de querer a la patria? / El Buro Digital

La idea de que los hombres hechos en el cuartel son más patrióticos, porque también son más “hombres”, me lleva a pensar en mi generación de “precos”, que de acuerdo con la mirada rígida y conservadora de lo que es ser hombre, nos etiqueta como menos hombres y por tanto menos patrióticos. Puede que la patria se empezó a perder con nosotros porque no pensamos en las fronteras tan estrictamente como se lo hacía en las guerras para defender al país, o porque al hacer el premilitar dejamos de ser aquellos hombres forjados a punta de “jaripe” que necesita la patria. O tal vez porque cargar la patria al usar el quepí se convirtió en cargar un k´epi tan pesado como esos bultos que no te dejan subir ni al taxi.

Creo que pensar a la patria necesita de otras miradas y creativas maneras de materializarlas. La conservadora forma relacionada a lo militar es abortada en cada desfile y nace cada vez menos en los cuarteles y ahora que ya ni al premilitar quieren ir me pregunto... ¿Qué será de la patria, no?

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